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COLUMNA

Fuego sucio

Hace tres años un hombre (o una mujer), sólo/a (o en compañía de otros/as) prendió fuego a un pacífico bosque mediterráneo que tapizaba unos montículos situados pocas leguas al norte de la ciudad de Castellón. El incendio se llevó por delante miles y miles de pinos, arrasó millones de seres vivos de todos los tamaños exceptuando al hombre común y al hombre urbanizador, y en su saña veloz fue más allá de donde sus ejecutores previsiblemente calculaban pues afectó a casas y chalets limítrofes, bordeó peligrosos depósitos de gas y produjo una terrible humareda que avivó el pánico de los niños, la indignación de los mayores y una muy dolorosa melancolía en los ancianos. Cuando el fuego impurificador terminó su trabajo, lo verde era negro y lo frondoso era desierto.

Pocos días después de la catástrofe, y como si se tratara de un bálsamo verbal frente a la tragedia, empezó a comentarse por casas y familias una norma que había cacareado mucho el gobierno popular, no sé si el autonómico o el estatal. Un precepto tranquilizador que prohibía construir casas y comercios, templos y prostíbulos en los montes intencionadamente quemados por el hombre. Y como en el siniestro del que hablo estaba más que probada la presencia de pirómanos -a sueldo o no- comenzaron las buenas gentes de la Plana Alta a calcular el tiempo que tardarían en volver al paisaje los matorrales primero, los árboles después, las ardillas compañeras, la soledad de los pinos y el hermoso ruido del viento frente al mar Mediterráneo.

Sucede, sin embargo, que esos recordados tiempos no habrán de volver porque el escenario del crimen ecológico ya está situado bajo la férula inmobiliaria. Ya suenan las excavadoras, ya se desgarra el monte y ya se escucha el fru-frú de las notarías. ¿Entonces la ley, qué?, se preguntan, confusas, las personas que tanto lamentaron el asesinato del bosque. Personas ingenuas y bondadosas a las que nadie habrá de responder, porque la ley es muy dúctil y maleable, sobre todo maleable, en el mundo del urbanismo. Poco más que una broma ante las insaciables fauces del cemento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 2003