El café es un asunto tan serio en Seattle, la ciudad más cafetera de Estados Unidos, que se ha llevado a referéndum. El Ayuntamiento estaba escaso de fondos para financiar la educación preescolar y las guarderías y se le ocurrió poner un impuesto adicional de 10 centavos de dólar al expreso para recaudar anualmente seis millones de dólares. Como era de esperar, los ciudadanos le han dicho a los políticos que saquen el dinero de otra parte y que les dejen tomarse tranquilos su brebaje favorito. Los patrocinadores de la propuesta estaban ayer furiosos. "No les importa pagar de 3 a 5 dólares por una taza de café latte con vainilla o mocha con coco y en cambio no pueden pagar unos míseros centavos para ayudar a los niños. Es una decepción", dijo el principal proponente de la tasa, John Burbank. Quizá Burbank y sus aliados no estuvieron lo suficientemente despiertos como para darse cuenta de que la poderosa hermandad de cafeinómanos, dueños de bares, y la industria local del café, encabezada por Starbucks, iba a lanzar una batalla campal.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de septiembre de 2003