"Estoy muy contento de recibir a empresarios españoles, su presencia es muy importante para relanzar nuestras relaciones". Esta frase, reveladora del sentido fundamental del encuentro, fue una de las primeras que dirigió ayer Muammar el Gaddafi a José María Aznar, tras la llegada de éste a Trípoli. "Si hay algún problema, me lo dice", añadió el líder libio, que parece tomarse muy en serio la necesidad de dar muestras de apertura y cambiar su imagen radical por otra más complaciente y moderada tras dos décadas de aislamiento.
Funcionarios españoles que han preparado este viaje del presidente constatan que sus homólogos libios están realizando un esfuerzo infrecuente para que la visita transcurra sin los problemas protocolarios o informativos usuales en un país cuyo líder es propenso a cambiar inesperadamente de agenda o a hacer esperar largo rato a sus huéspedes.
Los portavoces del Gobierno libio tienden a negar, por su parte, que el aislamiento de su país haya sido tan grave. "Aquí siempre vinieron líderes de países grandes como China", recuerda uno de ellos, que añade que es la población la que paga las consecuencias del embargo. Las mismas fuentes reconocen, no obstante, que la llegada de Aznar es "significativa", porque se produce sólo dos semanas después de que la ONU anunciara el levantamiento de las sanciones impuestas hace once años.
Aznar es el único líder occidental que viaja a Libia desde 1992, si se exceptúa a los italianos Massimo D'Alema y Silvio Berlusconi, que se entrevistaron con Gaddafi en 1996 y hace pocos meses, respectivamente. Aznar es, además, el primer líder occidental que visita la Yamahiria Árabe Popular y Socialista tras la guerra de Irak, dato que sin duda va a esgrimir frente a los vaticinios de la oposición de que el apoyo del Gobierno a la invasión americana le habría de costar a España un serio deterioro de sus relaciones con el mundo árabe. Pero ahí los portavoces libios precisan que el contenido de la visita es "puramente bilateral" y subrayan que la imagen de España en su zona efectivamente se ha deteriorado.
Prueba del interés libio por esta visita es que Gaddafi se trasladó ayer de Sirte, su localidad natal y residencia habitual, a Trípoli, donde recibió a Aznar de riguroso morado, vestido con una de sus túnicas brillantes, entre cojines de raso y bajo la cúpula cubierta de espejos de un salón de un hotel en el que el régimen libio suele agasajar a sus huéspedes. Allí pronunció las palabras antes referidas, mientras Aznar, sonriente y complacido, le presentaba a seis de los 14 empresarios que le han acompañado. Luego, los dos líderes se encerraron a cenar con una docena de colaboradores. El presidente español no tuvo que soportar la espera de más de tres horas que el ex ministro de Exteriores Josep Piqué sufrió en Sirte el año pasado.
Normalización
En el terreno político, la normalización del régimen libio ha traído un discurso fuerte contra el integrismo islámico y el terrorismo, pero no ha moderado la retórica antiamericana que Gaddafi cultiva para sus masas. Ha vaticinado que Irak será "un nuevo Vietnam" para EE UU, y mantiene a capa y espada su firmeza anti israelí, superior en líneas generales a la de los propios palestinos, con el original argumento de que la solución para Oriente Próximo sería un único Estado biconfesional que querría bautizar como "Isratina".
Hay indicios de que también esto tiende a cambiar, para superar una situación económica que se revela caótica. Más allá de la oscuridad de la estadística oficial, el abandono que se observa en el centro de Trípoli, y especialmente en la ciudad antigua y sus aledaños, un auténtico estercolero en el que las basuras y los escombros dificultan el tránsito a unas indescriptibles viviendas ruinosas, tiene escaso parangón dentro del mundo árabe y resulta impropio de un país que, al menos en teoría, más que duplica la renta per cápita de Marruecos. Con sólo seis millones de súbditos, el Gobierno libio recauda cada año entre 7.000 y 14.000 millones de dólares por la venta de petróleo.
La falta casi total de servicios, incluido el teléfono, en un país con dinero y todo por hacer, no ha sido hasta ahora suficiente para que las empresas occidentales respondan en tromba a la incipiente apertura libia. Salvo en el sector de hidrocarburos, donde la ganancia es segura, pocos empresarios parecen dispuestos a asumir el riesgo de operar a la sombra de un régimen que se reserva la autorización de cada movimiento, y de un líder muy sensible a la inestable coyuntura internacional, cuya imagen, siempre coqueta, tocada con caprichosos turbantes o gafas de sol y fotografiada desde abajo para magnificarla, vigila cada rincón del país.
Debido a la inseguridad jurídica que implica esa situación, el Gobierno español no parece inclinado a empezar a negociar en esta visita instrumentos básicos de relación económica, como acuerdos de doble imposición o de protección de inversiones.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de septiembre de 2003