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Tribuna:

Caza sostenible

La práctica de la caza varía mucho en las culturas europeas: en Cataluña habrá unos 100.000 cazadores, algo así como el 1,5 % de la población. En Francia, en cambio, la proporción es casi el doble, pues allí manda París, pero gobierna el terroir. Sin embargo, ningún país europeo avanzado cuenta con más cazadores que la pasmosa Finlandia, donde el 6% de la población practica la caza: sólo he visto algo parecido en algunos estados de EE UU en los que la apertura de la veda vacía escuelas, paraliza fábricas y despuebla ciudades. Tomo algunos de estos datos de una publicación oficial de la Generalitat coordinada por Jordi Peix y Massip, un gestor experto y tenaz de nuestros 30.000 kilómetros cuadrados de medio ambiente (Pla estratègic de la caça, Barcelona, 2003) quien se empeña en considerarme colaborador de la obra, por más que mi único título para ello consista en errar el tiro más veces de las que me gustaría. Pero incluso en Cataluña, durante estos días miles de familias atónitas han visto entre sueños cómo, muy temprano, abuelo, hijo y nieto se vestían al unísono de zarrapastro para salir a cazar hacia no sé dónde con no sé quién, fuera del leal perro de la casa. En cambio, en Madrid y su zona de influencia, el uniforme de rigor es verde, y las botas, camperas, todo debidamente usado: sólo a un cursi o a un despistado recién llegado se le ocurre estrenar el equipo de una vez.

La caza en Cataluña es un fenómeno posrural e interclasista que responde a pautas culturales razonablemente mesocráticas. Así, en la caza mayor, que se centra aquí en el modesto jabalí (Sus scrofa scrofa), el mango de la sartén suele estar en manos de una asociación local. A ella pueden apuntarse el vecino y, por extensión, quien tenga casa abierta en la localidad o, al menos, se haya casado con al-guien del pueblo, con papeles, se entiende: las asociaciones no reconocen parejas de hecho a ningún efecto cinegético, salvo acaso que uno de sus miembros sea socio y los otros defieran a su buen criterio de permanecer soltero.

A diferencia de lo que ocurre en media España, de Madrid para abajo, en Cataluña la condición de propietario de la finca de caza no da mando en la partida, pues aquí dirige la batida quien lleva los perros. De nuevo, el contraste con la montería española es notable: en las grandes fincas del centro y el sur de España, los perreros o rehaleros trabajan el monte hacia los señores monteros y no cazan si no es a cuchillo de remate. Hasta los perros, de agarre en el sur y de rastro en el norte, encarnan cultura y clima.

No todo es orégano: la colla catalana no deja cabos sueltos ni espacios a la suerte del lance. Los puestos no suelen sortearse y los cazadores más avezados saben de sobras adónde van a ir mucho mucho antes de que empiece el juego. Uno ha de ser del país o haber sido aceptado por éste para disfrutar del privilegio de un buen puesto, ese que se planta en medio de un portillo seguro o, siempre contra viento, junto a un paso obligado. Pero la colla, reflejo del país mismo, es esponjosa: habla catalán y castellano, y hace ya algún tiempo que me pregunto cuándo empezará a acoger en tromba a la inmigración africana. Es sólo cuestión de tiempo: el campo ya es suyo.

La prensa culta y los comentaristas de opinión, por no hablar de mis colegas profesores, no entienden ni la caza ni a los cazadores, a quienes consideran restos de un mundo rural en declive -rednecks- o explotadores elitistas de una naturaleza agobiada. Es una visión simplista que este diario, adversario de la caza del zorro y partidario de las corridas de toros -al menos mientras las contaba Joaquín Vidal-, enmienda a veces. Gran parte de la culpa es del cazador mismo, quien no siempre se vende bien y alguna vez no reacciona de inmediato cuando un indocumentado deshace años de gestión del territorio con prácticas ocasionales, pero intolerables. Por ello nunca está de más airear el esfuerzo de medio siglo de trabajo decente: por ejemplo, hace 20 o 30 años no recuerdo que quedaran ciervos (Cervus elaphus) en Cataluña, pero ahora, a inicios de cada otoño, cualquier persona realmente interesada puede molestarse en pedir un permiso para observar en plena berrea a los venados de la reserva nacional de caza del Boumort, situada en el Prepirineo, entre el Noguera Pallaresa y el Segre. La reserva, creada por el Parlament en 1991, es la base de la recuperación de la especie en Cataluña y una muestra de cómo se pueden hacer las cosas: siempre de forma criticable, pero fundamentalmente bien. Las reservas ocupan unas 235.000 hectáreas, cerca del 8% de la superficie del Principado, y van a más. Son, por supuesto, un paisaje cultural, es decir, intervenido por la acción humana, pero también son inmensos espacios abiertos donde no sólo los grandes herbívoros europeos encuentran de nuevo un ámbito vital: su estado de salud y el del resto del ecosiste-ma que ocupan es un buen síntoma de cómo seis millones de habitantes ocupamos un pequeño territorio de 30.000 kilómetros cuadrados. Sólo hay caza de verdad donde la naturaleza está razonablemente bien gestionada. Es sostenible la caza que da vida.

Pablo Salvador Coderch es catedrático de Derecho Civil de la UPF.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003