Una sola secuencia, la más terrible de esta impresionante Te doy mis ojos, el paso definitivo de Icíar Bollaín hacia la madurez expresiva que su cine prefiguraba ya en sus dos entregas anteriores, ilustra a la perfección todo el difícil entramado que la directora y su coguionista, Alicia Luna, han urdido para hacer del filme algo más que un diagnóstico de ciertas relaciones entre hombres y mujeres. Acorralado por lo que considera que precipitará el nuevo abandono de su esposa, el acomplejado Antonio, que sólo sabe poseer, no amar, la somete no a golpes o bofetadas, sino a algo peor: la desnuda y la empuja fuera del comedor de su piso, dejando expuesta a la vista de quien mire el cuerpo de su esposa. La cámara de Bollaín capta el gesto angustiado de la mujer; pero no se recrea, y la secuencia concluye.
TE DOY MIS OJOS
Dirección: Icíar Bollaín. Intérpretes: Laia Marull, Luis Tosar, Candela Peña, Rosa María Sardà, Kiti Manver, Sergi Calleja, Elisabet Gelabert. Género: drama, España, 2003. Duración: 106 minutos.
Así, en un delicado equilibrio entre lo que se ve y lo que se intuye, entre lo que crece ante nuestros ojos, pero también desde lo que nos deja imaginar por lo que sabemos de la violencia de género, Bollaín construye el complejo, apasionante discurso del filme. Sin estridencias, también sin victimismos; en el alambre sin red que consiste en entender no sólo el punto de vista de la mujer, sino también el del agresor. Entender, no solidarizarse: ésa es la apuesta. De ahí que la tensión narrativa de esta película contada en sordina, lejos de la fácil solidaridad con una víctima que, es obvio, necesita de nuestra comprensión, pero también con el esfuerzo intelectual de intentar dilucidar qué diablos pasa por la cabeza de un torturador doméstico, resulte mucho más efectiva que la fácil adhesión sentimental de tantas películas al uso sobre el mismo tema.
En auxilio de su compleja empresa, Bollaín echa mano de todo tipo de recursos. Del realismo, en primer lugar: es ésta una película ejemplarmente pegada a la tierra -esas sesiones del grupo de terapia masculina, estremecedoras-, la continuación ampliada de un trabajo previo que la propia cineasta, el mediometraje Amores que matan, realizara en 2000 para Canal+. De las referencias autorales y temáticas que ya presentaban sus películas anteriores (el cuidado y el respeto hacia sus personajes, sobre todo los femeninos, pero no sólo ellos; el interés por hurgar en los pliegues de una realidad que, vista de esta manera, no se encuentra fácilmente en nuestro cine).
Y también de los códigos del cine de terror: al fin y al cabo, en este auxilio, tanto como en la perfecta disección del universo de clase media provinciana y de los traumas y debilidades de un hombre que sólo conoce la violencia como respuesta, recaba la cineasta las ayudas para crear (ese primer encuentro entre víctima y agresor, con la puerta de por medio; esa interpretación del impresionante Tosar, tan cargada de matices y al tiempo tan intimidante: es terrible lo que sugiere con su mirada) la insoportable atmósfera del filme.
Es Te doy mis ojos una película sin maniqueísmos, de una sobrecogedora madurez; también, de visión incómoda y necesaria. Construye personajes que son personas, no arquetipos (la hermana, una Candela Peña que nunca estuvo mejor; la madre, además de los propios protagonistas), habla de la vida sin complejos, con valentía. Se enfrenta a tabúes implícitos, y, para su fortuna, los supera. Y lo que queda después de su visión, junto a la lógica desazón por lo contemplado, es también una lección de esperanza y el doloroso conocimiento de la vida de torturadores y víctimas que, de no estar atentos, podemos ser (casi) todos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003