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Crítica:CRÍTICAS

Lo mejor y lo peor

Dos películas viven, y se dan de tortas, de paso, en el interior de este Open range. Una, la mejor, es un western de corte clásico, moroso y con pretensiones épicas, que regresa a los mismos escenarios de tantas películas del Oeste: el enfrentamiento entre transportadores de ganado y cattlemen sedentarios, la venganza necesaria donde no impera la ley, la dura vida al aire libre de aquellos "centauros del desierto" cuya cotidianidad seguramente era de una ejemplar rutina, pero que las historias del más épico de los géneros clásicos terminaron por convertir en avatares míticos.

En esta, digamos, subpelícula todo está orientado, como en los mejores westerns de enfrentamientos (por ejemplo, Duelo en O.K. Corral, La pasión de los fuertes, El jinete pálido), hacia una resolución larga, a la que se encarga no sólo que clausure el relato, sino que lo haga poniendo la axiología en su lugar: que triunfe la justicia, que allí donde todavía reina la barbarie y la ley del más fuerte se termine imponiendo el germen de la civilización. Si no de inmediato, por lo menos en un futuro perfectamente vislumbrable.

OPEN RANGE

Dirección: Kevin Costner. Intérpretes: Robert Duvall, Kevin Costner, Annette Benning, Diego Luna, Michael Gambon, Michael Jeter. Género: western, EE UU, 2003. Duración: 140 minutos.

Ahí está lo mejor del esfuerzo de Costner, un hombre que regresa a territorio conocido, el western (no en vano su mejor película sigue siendo Bailando con lobos), escaldado de los palos que ha recibido, de crítica y público, por títulos ciertamente nada despreciables (Waterworld), pero también por bodrios frente a los que toda descalificación parece benévola: El mensajero del futuro, sin ir más lejos. Su oficio en el género se aprecia en lo que sin duda es el mayor logro del filme, aquel por el cual será recordado en el futuro: por la preparación y el estremecedor, brutal y al tiempo suciamente realista tiroteo final, tal vez el mejor rodado en toda la historia de un género que si de algo puede vanagloriarse es de tener una trayectoria larga y muy fecunda.

Lo demás es ya más discutible. Porque la segunda película que anida en Open range está marcada por unas intenciones autorales empalagosas y excesivas: esos larguísimos, interminables planos descriptivos, con los cuales Costner parece perseguir sólo el llegar a las 2 horas 20 minutos que dura el asunto; esos finales siempre postergados; esa historia de amor con una, por otra parte, espléndida Annette Benning, perfecta pionera, mujer decidida y autónoma, en la que el actor/director se recrea sin pudor y con absurda ñoñería. No conviene hacer sangre, pero el buen espectador puede comparar esta historia de amor con la de otro filme del que éste parece reclamarse heredero, La pasión de los fuertes, de John Ford, para ver hasta qué punto la sutileza no figura en el vocabulario artístico de Costner.

Pero a pesar de todo, Open range merece verse: por los motivos ya dichos, pero también por el extraordinario Robert Duvall, que da uno de los recitales interpretativos más completos de toda su carrera. Y hasta por el Costner actor: su mutismo, su dificultad para contener su tormentoso pasado lo hacen un eficaz partenaire del monstruo Duvall. Y porque, al fin y al cabo, a los amantes del western no nos concede el cine tantas alegrías como para despreciar los logros, siquiera parciales, de este "campo abierto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003