Si no fuera porque, detrás de su apariencia de descerebrada comedia para teenagers sin pretensiones, esta segunda parte de Una rubia muy legal, la peliculilla que hace dos años perpetró Robert Luketic a mayor gloria de una Reese Whiterspoon en meteórico viaje hacia la cima, esconde un sorprendente diagnóstico sobre la política estadounidense actual, no merecería la pena dedicarle más de un párrafo al tremendo artilugio. Porque no sólo contiene los mismos ¿hallazgos? de la primera parte -la reivindicación de la moda más estridentemente hortera; la creación de personajes de bofetada, empezando por la propia Elle y su novio, y continuando con sus amigas y colegas de cofradía universitaria; la reafirmación furiosa, casi obsesiva, de los valores individuales por encima de los colectivos; la reivindicación de la despreocupación como algo sumamente estimable-, sino también algo más: una llamada a la participación política del todo peculiar.
UNA RUBIA MUY LEGAL 2
Dirección: Charles Herman-Wurmfeld. Intérpretes: Reese Whiterspoon, Sally Field, Regina King, Jennifer Coolidge, Luke Wilson. Género: comedia, EE UU, 2003. Duración: 103 minutos.
Evidentemente, el espejo en el que la película se querría ver reflejado no es otro que el de Frank Capra y uno de sus filmes mayores, Caballero sin espada, no en vano vemos, en una secuencia televisiva, al ardoroso James Stewart representante de la mayoría silenciosa fustigar a los representantes del Congreso por su desconocimiento de los deseos e intereses de la gente común. Mucho más superficial, infinitamente más tonta, Ella Woods se erigirá en la voz no de las personas, sino de los... perros, hasta promover no sólo una marcha del millón de perros (no sabe uno cómo se habrá tomado el reverendo Farrakan la bromita sobre su marcha del millón de hombres sobre Washington), sino un proyecto de ley que impida los experimentos con animales de la industria cosmética, una causa con muchos adeptos.
Lo más sorprendente, no obstante, es la visión que la película da de Washington y los políticos. Descerebrados y superficiales, populistas, corruptos y ventajistas, los miembros de los dos partidos tradicionales salen del asunto tan mal parados como para hacer de una comedieta intrascendente uno más de esos productos que, desde la extrema derecha ideológica, llevan años disparando sus dardos cinematográficos contra la clase política, culpable de los peores desmanes. Eso sí, contiene también las dosis de banderitas estrelladas y discursos patrióticos que esta época de rearme nacionalista pide a gritos. Pero quedará en la memoria, si queda, como el ejemplo más chirriante de unión entre comedia tonta y discurso extremista que nos haya dado ese cine americano que no dejará nunca de sorprendernos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003