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COLUMNA

Aprender valenciano

No veo por qué la edad ha de ser un inconveniente para que el alcalde de Alicante se decida a aprender el valenciano. Le han preguntado los periodistas a Luis Díaz su opinión sobre el decálogo de la lengua, y éste ha respondido que la medida le parece bien para los funcionarios, pero que él, a sus años, no se ve estudiándola. Sinceramente, no encuentro la relación entre el estudio y la edad. Sin contar, claro, que Díaz es aún un hombre joven. Se asombraría el alcalde de Alicante del número de personas, mucho mayores que él, entregadas apasionadamente al aprendizaje de los idiomas. Y en cuanto al valenciano, no puede decirse que sea una lengua de especial dificultad. Tal vez la conjugación de algún verbo parezca enrevesada y exija algún esfuerzo al principiante, pero puedo asegurarle que se supera fácilmente con aplicación.

Mucho más complicado que estudiar valenciano es decidir sobre el urbanismo de Alicante. Ése sí que es un asunto de gran complejidad que exige cavilar, y no creo que Díaz renuncie a ello por una cuestión de edad. Para los alicantinos, sin embargo, sería deseable que el alcalde se retrajera en esos temas, pues lleva camino de arruinar la ciudad. Basta ver los negocios en que se ha embarcado últimamente, para advertir que Díaz tiene una manera particular de comerciar, que no sabemos si los años habrán de acentuar. Alicante ha perdido decenas de millones de euros en unos acuerdos que a todo el mundo le parecieron sorprendentes, pero que él firmó con la mayor naturalidad. Una compañía como Altadis ha hecho una fortuna en poco tiempo gracias a canjear la Fábrica de Tabacos por unos terrenos municipales que la sociedad vendió ventajosamente. Por no hablar de los industriales harineros de Benalúa Sur, a los que compensó por su traslado con una generosidad que aún le deben de estar agradeciendo.

En contra de lo que asegura el alcalde de Alicante, no me parece que el estudio del valenciano sea tanto una cuestión de edad como de sensibilidad. Y, si no tengo dudas sobre la agudeza de Luis Díaz Alperi, que ha demostrado sobradamente en numerosas ocasiones, no podría decir que le haya visto conmoverse por asuntos que atañen a su ciudad. Su posición en el conflicto del palacio de congresos ilustra a la perfección esa postura. Frente a la demanda de miles de alicantinos para que se respete el Benacantil, por tratarse de un espacio histórico de la ciudad, a Díaz le ha faltado siempre receptividad.

Dado el grado de abandono al que ha llegado el valenciano en Alicante, su estado sólo podría remediarse desde el respeto y el afecto. En este punto, el ejemplo de los gobernantes resulta fundamental por la influencia que ejercen sobre la población. Como alcalde, Díaz podría haber desempeñado un papel extraordinario a favor de la lengua si hubiera mostrado alguna delicadeza al responder. Pero se limitó a expresar su habitual indiferencia ante esos temas. No podemos reprocharle su sinceridad. Por desgracia, nuestro alcalde no es una persona a quien inquieten las cuestiones del espíritu. Sin embargo, llegados a este punto, no deberíamos olvidar que Díaz es el hombre que, durante tres legislaturas sucesivas, han elegido los alicantinos para gobernar la ciudad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003