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Tribuna:

Comunistas

En las pasadas elecciones municipales, se quiso reverdecer un viejo estigma. Si decir "socialismo" aún despierta un retintín lejano en oídos fosilizados, decir comunista produce escalofríos en muchas mentes. Así que Zapatero viaja en el mismo tren, aunque no en el mismo vagón, que los separatistas y comunistas de Llamazares. El señor Aznar no resucitó un tercer espectro: el ateísmo. Eso ya no vende. La gran mayoría de la población se declara creyente sin serlo en la práctica. El ateo no asusta a un censo que, salvo un tanto por ciento menor, vive su vida sin contar para nada con Dios; y que no cree que el ateísmo de su vecino le suponga una amenaza. (Históricamente, el cristianismo europeo ha tenido más peso como institución que como estado de conciencia individual. Admito que es una afirmación más discutible que discutida).

A Llamazares le vota una importante minoría cuya mayoría, sin embargo, no quiere nacionalizar los medios de producción ni regresar a lo que en realidad no ha existido nunca, la dictadura del proletariado. Votan a IU, simplemente, personas de la izquierda que no creen que el PSOE sea de izquierdas. Tristemente, en el imaginario popular, decir comunismo, marxismo y en parte incluso socialismo, es mentar el coco. El primero de estos términos evoca sangre, represión dictatorial, pobreza. En términos generales, eso es cierto y tal es el ordinario fin y paradero de todas las utopías. Pero el hombre medio de hoy, de haber vivido en la época de Babeuf e incluso en tiempos más cercanos, habría pensado lo mismo del capitalismo. En realidad, nostálgicos del comunismo los hay en los países del Este; y no son necesariamente hombres y mujeres que bajo este régimen gozaron de poder y prebendas. Con todo, en las zonas de China donde el capitalismo prospera, el singular comunismo del enorme país tiene poco presente y ningún futuro. La especie humana no es comunista, ni siquiera comunalista por naturaleza. A este respecto, la lectura de un antropólogo de los años veinte del pasado siglo, Malinowski, resulta todavía instructiva.

El comunismo no podía -ni puede en sus últimos reductos- enfrentarse victoriosamente al capitalismo con probabilidades de éxito. El siglo XIX fue un periodo convulso, una época de lucha en varios frentes y con muchos actores: anarquistas, socialistas, marxistas, comunistas. El enemigo común era el capitalismo. Sin embargo, para los historiadores ortodoxos, aquél fue el siglo de la ciencia y de la tecnología, de la creciente riqueza creada por el espíritu burgués. Siglo de la materialización del progreso, que no tendría fin. Quien no era optimista era un aguafiestas. Una noción altamente subjetiva de la realidad, pero comprensible. Había triunfado el credo de la Ilustración: libertad, propiedad, razón, progreso, igualdad, seguridad, etc. Además, los ilustrados nunca dijeron que estos dones tenían que ser compartidos por toda la sociedad. Sólo Montesquieu, el "amigo del pueblo" según los grandes protagonistas de la Revolución Francesa, llegó a pedir que el Estado se ocupara de los más débiles y abasteciera de comida y alimentos a la ciudadanía. En cambio, Voltaire se oponía a la educación del pueblo. Fue esta última herencia la que recogió el exultante liberalismo burgués de la época, para el que las clases bajas no formaban siquiera parte de la sociedad. Mientras tanto, éstas aumentaban en número y bien que mal iban adquiriendo conciencia de su situación, aunque no todavía de clase.

¿Quién no quiere seguridad, quién no quiere libertad, quién no quiere propiedad, quién no quiere igualdad? ¿Quién no quiere un Estado que garantice todo eso? Algunos líderes de los varios movimientos anticapitalistas (en especial los del anarquismo) no querían Estado, pero el pueblo no oye lo que no quiere oír. Pueblo y no pueblo coincidían, y siguen coincidiendo, en desear lo mismo, fundamentalmente seguridad, propiedad, igualdad, libertad y justicia. El fracaso del comunismo fue debido a que no supo darle al pueblo nada de eso. El capitalismo, con todas sus miserias, sí ha sabido. Con todo, el señor Aznar, cuando convoca el fantasma del comunismo sacrifica la verdad en favor de los votos; y entristece pensar que en este país estemos así todavía. Como si la gente de IU oliera a azufre, igual que en los viejos tiempos.

La verdad es que el peligro que un Llamazares significa hoy para el gran capitalismo, es el que los mismos capitalistas perciben; la presión externa sólo puede servir de acicate para que pongan manos a la obra y corrijan lo que ellos mismos saben que es imperativo corregir. A diferencia del siglo XIX y bien entrado el XX, los magnates de la industria y de las finanzas saben que si no enderezan el rumbo, también su propio barco se irá a pique. Ya nadie se engaña con respecto a amenazas tales como la superpoblación, las hambrunas, las plagas, el terrorismo, las constantes agresiones al medio ambiente, etc.

Pero si el "nuevo orden" termina por no ser un orden capitalista, no por eso los núcleos más inteligentes del futuro sólo tendrán palabras de desdén para el extinto sistema. Como no las tuvo Marx, para quien el hombre burgués era superior a todos los tipos humanos que le habían precedido.

Si el gobierno difunde ciertos mensajes, es porque sabe que tendrán buena acogida. El marxismo comunista es en demasiadas mentes un fantasma compuesto de ignorancia, crueldad, fanatismo, resentimiento, envidia, despotismo. (Esto nos recuerda las discusiones bizantinas sobre si el siglo XX ha sido el mejor o el peor de la historia). Para las élites cultas, nada de eso es aplicable a Adam Smith, a Ricardo, a Malthus; ni a Spencer ni a Milton Friedmann, entre tantos otros. El darwinismo social es anterior a Darwin, quien se asustó ante las consecuencias sociales de su teoría.

Arréglense problemas como el de la vivienda, el de la delincuencia en sus múltiples y cada vez más repugnantes modos; y demás plagas ni en sueños atribuibles a Llamazares y sus más bien desmedradas huestes. Sin querer decir por ello que sean intrínsecas al neoliberalismo económico, al que tan propenso es el Gobierno actual de este país; que entre la teoría y la práctica de las grandes ideas políticas y económicas media un trecho. Con Felipe González, el capitalismo español no acabó precisamente en la hoguera.

Manuel Lloris es doctor en Filosofía y Letras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003