El año pasado el heredero Francisco Camps llegó a la recepción oficial en el momento preciso en que el entonces presidente de la Generalitat, Eduardo Zaplana, se marchaba. El pescado ya estaba vendido en la plaza de Manises, aunque quedaban algunos tiburones rezagados para dar vueltas muy excitados en torno a Camps. Se cruzaron en la puerta, como si se quisiera establecer una metáfora anticipada de lo que estaba al caer, siempre que los comicios autonómicos así lo sancionaran. Esta coreografía resultó tan plástica y tan oportuna que su origen difícilmente podía insertarse en el territorio de la casualidad. Sin duda se trataba de una performance premeditada,
más saturada de azúcar que un mazapán, para ser consagrada en los gloriosos informativos Canal 9.
Pero entonces la geología orgánica todavía no había abierto un abismo entre uno y otro. Zaplana estaba convencido de que sería el GPS de Camps y le marcaría los rumbos, los tiempos y los recorridos desde donde quisiera que le situase su esplendoroso futuro, que en cualquier caso siempre sería en su vertical. Pero Camps tenía criterio propio y lo demostraría tan pronto como se le pusiera a tiro. Ese contratiempo ha alimentado una serie de desencuentros que culminaron a mediados de agosto en un pacto de sosiego entre ambos y que expirará al día siguiente de las elecciones generales del mes de marzo con las repercusiones propias de la circunstancia.
Sin embargo, de modo larvado, se sigue sosteniendo un reñido pulso por los espacios. Hasta primeras horas de la tarde de ayer se estuvieron haciendo porras sobre si el ministro de Trabajo iría a la recepción oficial o si, por el contrario, dejaría ese territorio para el presidente de la Generalitat. Pero si de lo que se trataba era de proyectar sombras y acentuar supremacías, era evidente que no tardaría mucho en aparecer.
Y así fue. Zaplana ya había estado adosado media mañana a Camps con insistencia siamesa, en un trasunto del remoto pacto municipal entre Vicente González Lizondo y Rita Barberá de los años noventa, que elevó la redundancia al paroxismo. Incluso había hecho demarrajes para dejar atrás a Camps y volver locos a los responsables de protocolo para liderar la etapa por momentos. Pero tras la procesión cívica, con hondos vacíos causados por la complicidad de Barberá y Camps, rompió del todo esa yunta tácita y se puso a disputarle el protagonismo al presidente del Consell en la recepción oficial. Cuando irrumpió en la plaza de Manises, rodeado de un contrafuerte muy adicto, todavía llevaba el anillo del arzobispo tatuado en los labios por la intensidad del beso del Te Deum. A su brillo acudieron el presidente de la Cámara de Comercio de Valencia, Arturo Virosque, y el de la Confederación Empresarial Valenciana, Rafael Ferrando, madurando un bodegón muy crepuscular y refrito que contrastaba con el brío de las bandejas de canapés que cruzaban la frondosa concurrencia. Y, sobre todo, con la estrepitosa carcajada de Federico Félix en el corro alejado y rampante de Juan Roig y Francisco Pons, el tridente de la cada vez más poderosa Asociación Valenciana de Empresarios.
Camps se había quedado retenido en el espesor de los agasajos del interior del Palau de la Generalitat, tratando de acceder a la plaza de Manises, donde el ministro mantenía con su presencia la recepción dividida en dos polos. Hasta que logró poner el pie en la acera y atrajo hacía sí las cámaras y los micrófonos. Quizá por eso Zaplana ya no se quedó mucho tiempo, propiciando con su retirada una precipitación hasta los suelos del índice de políticos del PP con denominación de origen Alicante. Entonces fue el momento de Camps, y se produjo a su alrededor tanta solemnidad como si hubiese expulsado al mismo Abu Zeid. Incluso puede que algunos de sus próximos susurraran para sus adentros: "E, quan vim nostra senyera sus en la torre descavalgam del caval, e endreçam nos vers l'orient, e ploram de nostres uyls, e besam la terra per la gran merce que Deus nos havia feyta".
También el universo de Zaplana, como el astronómico, es finito y dodecaédrico, que se ensancha desde un vértice para luego estrecharse en punta y en seco. Él está recorriendo ese último tramo, y prueba de que dentro de poco quedará reducido a hectoplasma es que enseguida llegó Rita Barberá y le regaló a Camps una emotiva mocadorà. Jaume I no se ganó el sobrenombre de El Conquistador guerreando contra los moros, sino imponiéndose a sus nobles.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003