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Reportaje:

Y Valencia fue cristiana

Russafa revive en forma de teatro la rendición del rey musulmán Zayyan a manos de Jaume I

Que no fue conquista sino rendición, que Valencia ya tenia identidad como pueblo y desde el siglo IV el cristianismo se había hecho presente, que los hay que han manipulado, corrompido y prostituido la historia. El texto de Santiago Ferrer, una adaptación de Francesc Molina i Pont que sirviera hace 18 años para inaugurar la particular recreación de la entrada de Jaume I en Valencia en 1238, trataba ayer en voces y maneras de aficionados actores y vocacionales sarracenos y soldados de conciliar la tradición musulmana con la irrupción cristiana. Pero antes de que su majestad entrara y plantara su tienda a pocos metros de donde ayer se hizo la representación, bajo el campanario de la iglesia de San Valero, a la sombra casi del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, 22 cuadros falleros y cuatro bandas desfilaron por las calles de la que en tiempos del rey Abul Djumayl Zayyan se llamara La ruzafa, jardín de flores.

Llena la plaza del mercado, más de 1.000 personas. Ni un alfiler en las aceras de las calles adyacentes. Que era un homenaje a la cultura árabe, decía el speaker y a la mujer en el nombre de la segunda esposa del monarca conquistador, Na Violant d'Hungria (a la que se atribuye, entre otras cosas, que Jaume I replegara sus instintos de castigo sanguinario a los rebeldes).

El viaje al tiempo en que Valencia perdió la música de las ahora exóticas danzas del vientre, cambió los terciopelos adornados de perlas y oro, plumas y chilabas, babuchas y ademanes luego castigados, fue visto por muchos de los hijos directos del Magreb. Entre los falleros, los inmigrantes, entre los cristianos, los musulmanes, de las heroicidades cotidianas de los extranjeros de hoy a las epopeyas de hace más de 600 años. El jardín de las flores que la obra se asimila a la imagen que Alá transmitió de la tierra prometida, sigue siendo el paraíso próspero soñado seis siglos después.

El 9 d'octubre cerró ayer las ceremonias con una fiesta pagana. Las falleras fueron favoritas, los falleros caballeros de una corte en expansión. Las dolçaines de cuatro bandas, los timbales literalmente acarreados -uno de ellos pinchó las ruedas y provocó un retraso explícitamente relatado por el conductor del acto- se entroncaron con vientos del Atlas a mismo de caderas. En ese pupurrí hubo sitio para versionar grandes éxitos. La canción estrella de la película Titanic de James Cameron, conocida en la voz de la canadiense Celine Dion, sonó al ritmo de la flauta dulce más propia y alabada de la cultura valenciana. Y tras ella, como pauta coreográfica de una danza norteafricana, un éxito pop marroquí inspirado en la música tradicional. Así se mezcló pasado y presente en un escenario de cartón piedra, sobre asfalto parcheado, del que no quedan flores, sólo una palmera que asomaba desde las bambalinas, tras la recreación de una arcada inspirada en la mezquita de Córdoba.

La sesión de teatro a la que asistieron los vecinos del barrio de Russafa fue compartida en el patio de butacas de quita y pon por las falleras mayores y sus cortes respectivas -la falla Sueca-Literato Azorín, una de las que desfiló y participó en la obra, es la de la fallera mayor, Vanesa Lerma- y jaleada desde los balcones. Fue una sesión casi golfa -más de dos horas de figuración epopéyica alargada por una interrupción imprevista: justo antes de que Jaume I entrara por una de las siete puertas de Valencia, después de juegos de fuego y malabares, el speaker llamó a un médico porque alguien se mareó tras el telón- que aguantaron especialmente curiosos los más pequeños.

Donde cada día bulle un mercado incombustible, ayer hubo fervor por la memoria. Más de 40 actores, y más de 120 participantes en el desfile conjugaron en presente el momento en el que desembarcó desde Aragón a quien se atribuye la cristiandad de Valencia.

No hubo pompa ni boato, ni apuntador ni suplentes en capilla. Anoche, en Russafa, Rafael Aliaga vivió en la piel de Jaume I, se enamoró de Violant, Claudia Parrizas, recogió las capitulaciones de Zayyan (Valentín Vélez) fue bendecido por el obispo (José M. Lagardera), entró y salió de escena sufriendo por los defectos del sonido, por la lentitud de la luz, por algún paso cambiado en los bailes... Pero el público perdonó las carencias con aplausos, siguió la historia como si se contara por primera vez. José Juan Mulet fue el director del espectáculo. Cinco avisadores y un regidor abrigaron la puesta en escena de aficionados en noche de gala. Russafa volvió anoche a ser musulmana. A la plaza del mercado llegaron todas las formas culturales en las que aún hoy, a pesar y gracias a Jaume I, sin lujos de sultanes, ni cruces ni caballos, ni capas ni espadas, ni cascos ni plumeros, practican recién llegados y son comunes a los enraizados. La historia dio una vuelta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003