El gran rugby, reducido hasta 1987 a las giras entre el Norte y el Sur, y al torneo de las Cinco Naciones, se vuelve a dar cita desde hoy en la V Copa del Mundo, en Australia. El deporte que se convirtió en el último bastión de amateurismo, y que provocó incluso el boicoteo olímpico de Montreal 76 por la gira que en aquellos momentos efectuaban los All Blacks neozelandeses por la indigna Suráfrica del apartheid, se reconvirtió como pocos a la modernidad. Con la capacidad única de los deportes de campos grandes para atraer las masas y las pasiones patróticas, como el más universal fútbol, o el béisbol y el fútbol americanos, no tardó nada de tiempo en ponerse al día profesional y ya la primera Copa de 1987, disputada en Australia, como la actual -y también en Nueva Zelanda, que la ganó-, fue un éxito arrollador, deportivo y económico. Y el deporte que inventó William Webb Ellis, un estudiante de la escuela de Rugby, en el centro de Inglaterra, cuando un día de otoño de 1823, durante un partido de fútbol, cogió el balón con las manos y siguió corriendo, cambió completamente. El dinero en juego empezó a mandar más que la tradición amateur. Y la historia del éxito se repitió en las cuatro ediciones siguientes, con triunfos de Australia en las dos celebradas en el Reino Unido, Francia e Irlanda (1991 y la última, 1999), y en la tercera (1995) donde se unió incluso el espaldarazo de la reincorporación política surafricana tras el apartheid con la victoria de sus Springboks en la copa que organizaron.
Los All Blacks, primeros ganadores, vuelven a ser favoritos. Pero en el repóker habitual de grandes aspirantes deberán demostrarlo fundamentalmente frente a la metrópoli, Inglaterra, que tras una digestión más pesada que los grandes del sur para reconvertirse al profesionalismo, lo está haciendo de forma ejemplar, muchísimo mejor que en el resto del deporte olímpico, donde el retraso británico con respecto a años más gloriosos y acordes con su calidad de pioneros, no se ha paliado aún. Nueva Zelanda-Inglaterra podría ser la final soñada del torneo si ambos cumplen por sus caminos.
Nueva Zelanda ha demostrado este verano, primavera austral, una forma arrolladora en el Tri Nations, el torneo que reúne a los tres grandes del Sur. Aunque ganó más ajustadamente los dos partidos de vuelta, en casa, ante Suráfrica (19-11) y Australia (21-17), antes había aplastado con récords históricos a domicilio (16-52) y (21-50), respectivamente. Australia, hoy (12.30, Canal Deporte 2), en la apertura, no podrá descuidarse ante la siempre difícil Argentina, los Pumas y su garra. Sólo Inglaterra, de la mano maestra de su técnico Clive Woodward, ha logrado frenar a los All Blacks, 13-15, en junio, en Wellington. Parece la única alternativa del Norte para ganar por primera vez la Copa. Francia ha estado muy irregular.
Lomu, el gran ausente
La gran ausencia será el neozelandés Jonah Lomu. El gigante de 28 años, 1,96 metros y 118 kilos no se ha podido recuperar de la enfermedad renal que le tiene abocado a diálisis y a un transplante. Intentó seguir en forma jugando la Liga de su país con el Wellington, pero sólo pudo disputar medio partido en agosto antes de resentirse. Sus cuatro ensayos contra Inglaterra en la semifinal de la Copa de 1995 quedarán como la cumbre de un jugador excepcional, con el físico de un segunda línea, capaz de resistir hasta dos y tres placajes con los rivales colgados, porque a su corpulencia sumaba una velocidad de un sprinter. Pero el tren se ha parado. Ante el brillo de otras figuras, como el medio apertura ingés Johnny Wilkinson, o el australiano George Gregan, por ejemplo, falta saber si lo hará olvidar Joe Rokocoko, la nueva estrella all black de 20 años. El tres cuartos de origen fiyiano lleva, por ahora, 11 ensayos en sólo siete partidos internacionales frente a los 37 en 65 de Lomu. Y ante la potencia y velocidad de éste, aporta menos físico, 1,89 metros y 98 kilos, pero mucha más velocidad. En un entrenamiento ha corrido 40 metros en 4,66s.
Son las grandes individualidades, pero en el deporte de equipo por excelencia. El espíritu del rugby es la solidaridad total. Cada regla, cada jugada, está encaminada a ello. El placaje obliga a los jugadores a pasar el balón so pena de ser derribados. Y si el que cae es el balón, o no se juega hacia atrás, o queda enterrado bajo los jugadores, el saque no es neutral, insulso, sino en la melée, el mayor exponente comunitario que se haya pensado jamás en cualquier deporte. Un gran abrazo entre los ocho delanteros, que también pueden reunirse en jugadas de ataque espontáneas, los maul, ejemplo asombroso de cómo entre una masa humana, si pudiera verse por rayos X, el balón va jugado, pasado y controlado por esas moles de más de 100 kilos. Hasta los saques de lateral no son gratuitos, sino para que los ganen los segundas líneas, los más altos, ahora también aupados por sus compañeros. La propia concepción del equipo de 15 jugadores, delanteros, medios, tres cuartos y zaguero, es un monumento colectivo en este "juego de brutos practicado por caballeros".
Como escribió Jean Giraudoux: "Ocho son fuertes y activos; dos, ligeros y astutos; cuatro, altos y rápidos; uno, por último, es modelo de flema y sangre fría. Justamente la proporción ideal entre los hombres".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003