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COLUMNA

Ikimilikiliklik

La equidistancia no existe, salvo como máscara que encubre una posición ideológica y postula un rechazo al análisis de un problema conflictivo para eludir el compromiso. Fue una estrategia de acomodación, descubierta en los años 30 por quienes se negaron a afrontar, unos el nazismo, otros los crímenes de Stalin, y luego ha ido reapareciendo cada vez que a políticos e intelectuales se les planteaba una opción incómoda. Aquí lo experimentamos en los años 80 al entrar en escena los GAL, y reapareció con fuerza en la pasada década, al convertirse en agobiante la presión del terrorismo, haciendo surgir la creencia de que la única solución residía en una rendición a ETA, con el "diálogo" a modo de recurso para salvar la cara. La actitud del PNV, visto como expresión de lo genuinamente vasco, servía y sirve de coartada.

No es algo que sólo afecte a la cuestión vasca, y la única escapatoria del laberinto reside en conjugar la objetividad con la ponderación. Lo recordé hace unos días cuando al fallecer Elia Kazan se limitó la crítica a su condición de denunciante durante la caza de brujas y una película suya tardía, Los visitantes, era citada en calidad de testimonio del desgarramiento ante la guerra de Vietnam. En ella, aparentemente unos sufren porque recibieron el castigo por crímenes contra la humanidad y otros porque produjeron ese sufrimiento al denunciarles. Kazan rompe ese equilibrio, y el castigo de los verdaderos patriotas al denunciante que recibe la trágica visita incluye, si no recuerdo mal, la muerte, y respecto de su mujer una violación en que ésta acaba gozando ante el vigor del auténtico guerrero americano. Los hombres no delatan a los patriotas, hagan éstos lo que hagan. Así que la equidistancia resulta falsa: Kazan, el espléndido Kazan de América, América y de El compromiso, se mantiene fiel a las coordenadas sectarias, en la orilla de la infamia, que dieron sentido a La ley del silencio.

Kazan tiene su ideología de combate forjada con McCarthy. A su vez, los organizadores de la exposición sobre Rafael Alberti, con el cineasta Rioyo en primer plano, siguen fieles a un anticomunismo óptimo para el PP, que minimiza la incidencia sobre su obra de una intensa militancia en el PCE y la Internacional Comunista. Hasta un supuesto especialista en la obra de Alberti exhibe su ignorancia impunemente en el documental de Javier Rioyo. Ni sabe cuándo salió la revista Octubre, el órgano de los escritores comunistas, que fecha a tontas y a locas en 1931. Y esto es una producción del inefable Ministerio de Cultura de Pilar del Castillo, ex PCE. ¿Por qué extrañarse entonces de que análoga manipulación desde la equidistancia se dé cuando una película como La pelota vasca aborda el tema más candente de la actualidad política?

Julio Medem fue el director de la admirable Vacas y el presentador de la admirable Paz Vega en Lucía y el sexo. A quienes nos invitó a colaborar en La pelota vasca hubiera debido explicarnos que intentaba ante todo vindicar la política del PNV. Con esas cartas sobre la mesa, yo no hubiera colaborado, pero desde mi estimación por el autor extendí un cheque en blanco y ahora no puedo quejarme. Puedo, sí, mostrar mi repulsa ante un enfoque que en los planteamientos políticos finales, a partir de la evocación de Sabino Arana y hasta el plan Ibarretxe, nos borra a quienes reivindicamos otra construcción nacional vasca, basada en la integración y no en la exclusión, en el autogobierno y no en la secesión forzada. La voz toca en el montaje de Medem a gentes como Arzalluz, Madrazo, Ferrer, Sádaba o Álvarez Solís. Pura náusea. Por encima de todo, ¿cómo puede cometerse la vileza de cruzar los planos de quien lamenta con toda generosidad la muerte de su marido, ertzaina asesinado, y la de aquellos a quienes les duelen los kilómetros para visitar a unos criminales políticos? A juicio de Medem, debe ser lo mismo la cárcel para un SS y ser gaseado en Auschwitz. Una vez más, trátese de ETA o de los GAL, equidistancia significa indecencia moral y política. Y para terminar, siempre en clave del magnífico fondo musical de Mikel Laboa: "Hau da fandango, biba Ibarretxe". Con el conjuro para brujas: Ikimilikiliklik. Vayamos al caos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003