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Crítica:ROCK | Evanescence

La luz entre tinieblas

Tienen fama los grupos de rock duro y pesado, tan cañeros y guitarreros, de crear las baladas más emocionantes de la historia de la música moderna. A Evanescence les pasa algo parecido con Breath no more y, sobre todo con My inmortal, dos piezas que el miércoles sonaron con emoción e intensidad y que crearon los momentos más mágicos del concierto que ofreció la banda de Arkansas, que en estos últimos meses se ha ganado el favor de legiones de jóvenes en todo el mundo.

Con la brutal Amy Lee a la cabeza, una veinteañera que parece haber nacido y vivido siempre sobre un escenario, Evanescence venía precedido por el éxito de Fallen y una fama de coquetear con el rock siniestro de reminiscencias góticas.

Evanescence

Amy Lee (voz), Ben Moody, John LeCompt (guitarras), William Rocky Gray (batería) y William Boyd (bajo). La Riviera. Madrid, 8 de octubre.

Cierto es que sus planteamientos apabullantes sonoros con los que diseñan su espectáculo, además de vestir todos de negro, pueden darles cierto halo de epopeya pero no hay rasgos de ese supuesto goticismo. Es todo fuerza, rock en estado puro al que se debe de evitar cualquier tipo de etiquetas. Fiereza y expansión. Rigor, firmeza y contundencia con maravillosos momentos en los que la sutileza también aparece (Amy Lee a los teclados cuando se sosegó para desgranar las baladas). En la portada de su celebrado Fallen, la cantante aparece con la cara pálida y los ojos demacrados, una imagen que sí sintoniza con el rollito siniestro de unos The Cure, HIM o Marilyn Manson, pero el tenebrismo que al estilo se le supone se le torna a Evanescence en directo en pura luminosidad.

Amy Lee está dotada de una voz enorme que transmite emoción, y los miles de fans que abarrotaban La Riviera se contagiaban y le contagiaban a ella su energía. Flotaba una comunicación tan brutal entre público y artista que podía cortarse con un cuchillo. Nada recordaba a su fugaz actuación el pasado mayo en el Festimad de Móstoles. Resultaba hermoso comprobar cómo tras muchas generaciones, cuando el rock se hace con ganas, se repite como nuevo el ritual de esa coreografía de brazos en alto moviéndose a la vez. Los seguidores de Evanescence corearon muchas de las estrofas con el grupo. Fue una noche llena de luz, aunque ésta saliera de las oscuras paredes de sonido que Evanescence construía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003