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COLUMNA

El bajo de Madrid

Los bajos siempre han levantado una atracción fatal (y no hablo en esta ocasión de las personas de poca estatura, que también, a veces). La primera bajada al infierno de la realidad está documentada copiosamente en las Sagradas Escrituras y los museos, donde la inclinación de Eva a la serpiente aparece pintada en todos los estilos, colores y grados de desnudez. A partir de ahí el ser humano se ha metido en los peores jardines, escindido permanentemente entre sus altas miras y sus bajas pasiones.

La palabra no ha podido tener peor fama: bajos fondos, bajeza moral, bajos de un cuerpo (se presiente que oscuros y quizá sucios), bajarse al pilón, bajarse los pantalones (o las bragas), rebajarse a cualquier cosa, bajarse una canción en Internet. Hay algo muy pirata en todas las bajadas.

También las ciudades tienen un up y un down, aunque Madrid lleva una larguísima tendencia a la baja. Hoy, sin embargo, no quería meterme en las simas de la política local, sino simplemente hablar de mis propios descensos cotidianos -comunes a los de cientos de miles de madrileños- al subterráneo de la ciudad.

Por cierto, que underground es otra palabra asociada a la cochambre y las salidas de norma, si bien en el inglés de Inglaterra se distingue entre "lo underground" y "el underground", este último, estricta y llanamente, el servicio de ferrocarril metropolitano. Sin llegar a los extremos undergrounds de Toronto, donde en los largos meses del invierno florece una ciudad bajo tierra igual de bien surtida y poblada que la que arriba yace bajo la nieve, Madrid tiene submundo.

Ya sé que mis lectores más suspicaces (o más jóvenes) estarán pensando que me refiero a los garitos nocturnos donde se baila, se liga, se habla a gritos o ni palabra, se bebe, se toma uno, si la tiene, una rayita u otro producto más psicotrópico; el mundo catacúmbico de las discotecas y los after hours.

Pues no.

Ahí se forman demasiadas colas los sábados, y unos jenízaros con abrigo cuadrado (hasta en verano) te hacen pasar por la humillación de excluirte de los happy few que entran por la cara. Yo me muevo con mayor soltura entre los unhappy many, esa multitud desdichada usuaria del garito más extenso, barato y democrático de la ciudad: el metro.

En el sub de Madrid se ve mundo. El Consorcio Regional de Transportes, lejos de achantarse ante las justas críticas que recibe de sus víctimas, o buscarles remedio, se ha embarcado en una optimista campaña de modernización tecnológica (podría también decirse "moderna campaña de optimización tecnocrática"), muy a tono con el carácter ostentoso pero hueco de nuestra general gobernación política bajo el Partido Popular.

Los nuevos y flamantes intercambiadores están ya congestionados (y el de Avenida de América es sin duda la mayor chapuza de las obras públicas gallardo-manzanatas, impagables sólo en el sentido de "pagables con nuestros impuestos"); los trenes del metro circulan a menudo con intervalos de ocho o diez minutos, lo que invalida su finalidad de proporcionar un transporte rápido, pero, eso sí, unos marcadores digitales te informan en algunas estaciones de lo que te espera; es decir, de la espera que has de aguantar hasta el próximo convoy.

Es una gentileza del Consorcio Regional de Transportes para que en ese tiempo te fumes, en vez de uno, dos cigarros (la prohibición de hacerlo en toda la red no se cumple, desde luego), te leas por encima del hombro el libro de Arturo Pérez-Reverte que lleva tu compañera de andén o, más directamente, te abras las venas sobre los raíles.

Antes.

Ahora, los responsables madrileños del metro están poniendo por todas partes monitores gigantes para amenizar con noticias pintorescas y clips musicales el tedio de la vida subterránea.

Se habla mucho en los parlamentos y tribunas periodísticas, en general con la boca pequeña, sin deseo auténtico de debatirlo, denunciarlo o rectificarlo, del imparable proceso de conversión del ciudadano en homo teleludens, y es evidente que esa absurda, innecesaria y posiblemente dispendiosa medida se suma al atelevisionamiento social.

Alberto Ruiz-Gallardón prometió, por cierto, que también trabajaría para que dentro de la red del metro los viajeros pudiesen seguir hablando por sus teléfonos móviles entre los desfiladeros de Escila y Caribdis, o, por decirlo castizamente, entre Estrecho y Callao.

Nadie, ni siquiera bajo tierra, debe quedar sin cobertura, sin circo mediático. No sea que a la gente le dé un bajonazo y se ponga a darle vueltas al coco. O a levantar los ojos para ver lo que pasa ahí arriba, no lo que las imágenes y los mensajes dicen que pasa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003