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Reportaje:EXCURSIONES | El Pozo de la Nieve

Duros como el hielo

Esta casa almacén, restaurada en 1998, recuerda la ardua labor de los neveros cerca del puerto abulense de Casillas

Sudores fríos nos acometen cuando consideramos que, para obtener hielo, algo que hoy un niño hace sin prestar atención en el congelador de casa, antaño se requerían cuantiosas inversiones, el concurso de docenas de individuos y unos preparativos tales que cabía la duda de si todo aquello era para tomar un sorbete o un castillo.

Para empezar, había que cavar en el monte un hoyo de cuatro a seis metros de ancho y de seis a diez de profundidad, forrarlo con mampuestos de granito y construir encima una casa grande y bien techada, que servía a la vez de cámara aislante y de refugio para los operarios implicados en el proceso siguiente.

Los neveros, que así se llamaban, entraban en acción en invierno, arrojando al pozo bolas de nieve que se compactaban por efecto de la caída e intercalando a alturas regulares -cada metro o metro y medio- capas de helechos o piornos para optimizar la conservación, lo cual exigía ir turnándose allá abajo para no quedarse con la risa de conejo.

Por vales de compra sabemos que la arroba (11,5 kilos) se vendía a tres reales

Si duro resultaba su oficio en invierno, no era mucho más regalado en verano, pues tenían que cortar el hielo en bloques, cargarlo en serones de esparto, bajarlo en mula a los pueblos comarcanos y despacharlo antes de que saliera el sol fundidor.

Por vales de compra fechados en 1906, sabemos que Manuel Martín Delgado, último dueño del pozo que hoy vamos a visitar, vendía la arroba (11,5 kilos) a tres reales, que, para que nos hagamos una idea, era la tercera parte del salario diario de un agricultor o un artesano (unas dos pesetas). Ahora, ni los calamares congelados cuestan eso, pero bien que lo valía el trabajo de aquellos esforzados neveros.

El Pozo de la Nieve -tal es el nombre, nada original, que siempre recibió- se halla en la ladera norte del pico de Casillas, cumbre del confín oriental de Gredos donde lindan los términos abulenses de El Tiemblo y Casillas con el madrileño de Rozas del Puerto Real.

Restaurado en 1998 por el Servicio Territorial de Medio Ambiente de Ávila, constituye un valioso testimonio de la industria de la nevería y un caso excepcional entre tantas ruinas (conventos, esquileos, telégrafos, ventas, majadas, fortines) que salpican el Sistema Central y que jamás se remozan por la sencilla razón de que no dan votos. Si estuvieran en una ciudad, otro gallo cantaría.

En el pueblo más próximo al pozo, Casillas, nace una pista asfaltada que sube al área recreativa Prado de las Eras (1.200 metros), donde aparcamos para continuar a pie por otra de tierra en mal estado (lo decimos por si alguien pretende seguir en coche) que nos va a poner en una hora y cuarto en el puerto de Casillas (1.477 metros).

Sólo hay una bifurcación dudosa al principio, donde tiramos a la derecha; lo demás es un distraído paseo entre pinos resineros y corpulentos castaños que en otoño alfombran el suelo con sus frutos: un maná que, a diferencia del hielo, no se ha devaluado.

Ya en el puerto, abandonamos la pista, que ahora desciende por el valle pinariego del río Iruelas hacia el embalse del Burguillo, y doblamos a la derecha, como indica un letrero, por una senda casi llana que, atravesando la punta de un pinar y varios regatos, lleva en otra hora y cuarto hasta el Pozo de la Nieve.

Además de lo ya dicho, hay en el interior del pozo una escalera de madera que permite bajar al fondo del depósito. A pesar de que estamos a primeros de octubre, exhalamos un vaho consistente, casi tangible. Frío, humedad y negrura. Nada que recuerde los alegres usos que del hielo hacemos en verano.

Antes de emprender el regreso, que es por el mismo camino, nos asomamos al collado inmediato para avizorar, allende el valle del Alberche, la vecina sierra de Guadarrama, donde los neveros, como hemos visto en otras excursiones, tenían también sus pozos y sus ventisqueros. Allí, como aquí, este gremio se disolvió al amanecer el siglo XX. Eran duros, pero perecederos. Como el hielo.

Cinco horas de otoño

- Dónde. Casillas (provincia de Ávila) dista 87 kilómetros de Madrid y tiene cómodo acceso por la carretera de Plasencia (M-501), desviándose a la derecha 11 kilómetros después de pasar San Martín de Valdeiglesias. Hay que atravesar el pueblo y, a la salida, tomar a la derecha por la pista asfaltada que conduce en dos kilómetros hasta el área recreativa Prado de las Eras, donde se inicia la ruta a pie.

- Cuándo. Esta marcha de 14 kilómetros y cinco horas de duración -incluida la vuelta por el mismo camino-, con un desnivel acumulado de 400 metros y una dificultad baja, es muy recomendable en otoño, pues la subida al puerto se ve amenizada en sus primeros tramos por el colorido y los ricos frutos del castañar de Casillas.

- Quién. Carlos Frías es el autor de Las mejores excursiones por Gredos, guía editada por El Senderista (Mayor, 80; teléfono 915 417 170) en la que se describe una variante mucho más dura de esta ruta -17,5 kilómetros; siete horas-, partiendo del castañar de El Tiemblo.

- Y qué más. Cartografía: mapas 16-22 (Navaluenga) y 16-23 (Sotillo de la Adrada) del Servicio Geográfico del Ejército, o las hojas equivalentes (556 y 579) del Instituto Geográfico Nacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003

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