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Tribuna:

Un pueblo enterrado vivo

Hay muertos tan ligeros como una pluma. Pueblos que no cuentan. Sólo tienen un derecho, el de desaparecer. Están ausentes de nuestras preocupaciones y de nuestras pantallas, antes incluso de que los tanques, las bombas, los saqueos y las minas antipersona los reduzcan a la nada. Los chechenos viven la soledad absoluta, entregados al capricho de un ejército ruso que los masacra, sin que nadie -ni la ONU, ni la opinión pública mundial, ni los demócratas tan orgullosos de sus principios- grite ¡al asesino! Ninguno de los conflictos que centran la atención y los buenos sentimientos universales -Irak y Palestina- son tan crueles. La nación chechena está formada por apenas un millón de individuos, de los cuales entre 100.000 y 200.000 han muerto desde que Putin, para celebrar el año 2000, arrasó la capital, Grozny, y transformó su minúsculo país en un infierno permanente. Los escasos viajeros que se juegan el tipo ante las autoridades (y yo he sido uno de ellos) dan testimonio de lo peor de lo peor que deshonra el año de gracia de 2003.

El 5 de octubre se celebraron en esta tierra devastada unas pseudoelecciones presidenciales organizadas por Moscú. Nadie les concede legitimidad. Ni siquiera el Kremlin. ¡Maldito decoro democrático! Su candidato, Kadyrov, actual jefe de la Administración pro-rusa, goza de escasa popularidad (13%). Comprados o amenazados de muerte, todos los competidores capaces de hacerle sombra han renunciado o están inhabilitados para el escrutinio. En cuanto a la población, empujada a las urnas con un Kaláshnikov en los riñones, sabe que no son las papeletas las que deciden, sino el hombre armado que las cuenta y las inventa (se ha incluido en las listas a 200.000 "almas muertas"). Semejante farsa no engaña a nadie, ni a los chechenos, ni a los rusos, ni a los europeos.

¿De qué sirve esta comedia? Un montaje tan chapucero es una operación útil. Al organizar unas elecciones ostensiblemente trucadas, Moscú envía un triple mensaje:

- A los chechenos, el ejército de ocupación -¡100.000 hombres!- y sus milicias colaboradoras les informan de que la guerra se llevará hasta el final. Ni hablar de negociar con los independentistas no islamistas y el presidente Masjádov, regularmente elegido bajo control de la OSCE. Dada la hoja de servicios de Kadyrov, cuya crueldad aterroriza a veces a los "servicios" rusos, la votación del 5 de octubre obligó al elector checheno a firmar su propia condena a la servidumbre y la muerte.

- A la población rusa (según sondeos recientes, mayoritariamente a favor de negociar con Masjádov), el Kremlin le dirige un ultimátum: si no obedecéis las órdenes, se os tratará como a rebeldes. Nicolás I, Stalin, Putin, implacable continuidad: la guerra colonial en el Cáucaso redundará inexorablemente en el exterminio de la población local, pasada a cuchillo, deportada en su totalidad, ciudades arrasadas, matanzas, "filtración", sangre y ruinas... ¿Por qué tanta crueldad? Los grandes poetas rusos han descubierto el pastel: se trata de una empresa pedagógica. El checheno encarna el espíritu insumiso. Es él o yo, sugiere el Zar cuando le llevan la cabeza del jefe rebelde (Tolstoi: Hadji Mourat). El Kremlin, a lo largo de los siglos, hace de Chechenia un exangüe modelo para Rusia, invitada a someterse a la "vertical del poder". El autócrata ruso nace y vuelve a nacer en el muy ejemplar saqueo de un pequeño pueblo "alógeno".

- Al mundo civilizado, la diplomacia rusa le hace un corte de manga. ¡Sí! ¡Las elecciones del 5 de octubre se burlaron de las reglas democráticas, pero vosotros haréis la vista gorda! París y Berlín obedecen, demasiado ansiosos por integrar en su inverosímil "bando de la paz" a una Rusia que hace la guerra más sucia del recién nacido siglo XXI. Sedienta de petróleo y gas ruso, la Unión Europea se traga sus principios y se rebaja. Washington, en parte por estrategia (equilibrio nuclear), y en parte por cinismo, olvida el apoyo en armas y consejos que Moscú le dio a Sadam Husein hasta el último día. Putin tiene las manos libres y ridiculiza a la democracia exhibiendo frente al mundo sus urnas sangrientas.

La dimisión mundial ante la carnicería en el Cáucaso, peor que un crimen, es una falta. Los gobernantes democráticos y los millones de manifestantes "contra la guerra", que se echan a la calle contra Bush, jamás contra Putin, son culpables de no ayudar a una población en vías de exterminio. Indiferentes, pero no ignorantes. Conocen los cuatro años de masacres, de salvajismo, de terror y de horror. Les da igual. ¿Sospechan que la situación afgana supone una amenaza? Recuerden: durante 10 años, el ejército ruso -rojo- destrozó Afganistán; en las ruinas se instalaron los bandidos, después los talibanes y luego llegó Bin Laden. Conclusión del engranaje: la caída de las Torres Gemelas. De Masud asesinado a Masjádov abandonado, la tragedia se repite: ¿hasta cuándo van a contener su inclinación por un terrorismo suicida los supervivientes de la "limpieza" rusa? ¿Para cuándo un artefacto loco en una central nuclear? Putin es un bombero pirómano, su encarnizamiento nos coloca a todos, rusos y europeos, al borde del abismo.

Todos contribuyen a este riesgo supremo -ninguna instalación rusa está más inmunizada contra un ataque suicida que Manhattan-, con el peligro de optar por la "solución final" de Putin: no más Chechenia, no más riesgo terrorista. El silencio de los pacifistas y de las cancillerías equivale a una firma en blanco. Así intentan justificar una complicidad tan fuerte. Durante cinco meses se proclamó que Bin Laden estaba protegido por una guardia de hierro compuesta por "paquistaníes, árabes y... chechenos". El rumor, procedente de Moscú, se creyó a pie juntillas. Después de la derrota de los talibanes no se descubrió en Afganistán ni a un solo checheno, vivo o muerto, ni en las cárceles, ni en Guantánamo. ¡Yo sigo esperando el desmentido de los medios de comunicación mundiales, tan perentorios en sus acusaciones! Las falsas noticias barren la mala conciencia y estigmatizan a toda una población. ¡Que Putin nos libre de ella!

Mentiras, ceguera, indiferencia, blindan el silencio de plomo. Peor aún, la opinión mundial, ni mal informada, ni poco consciente de los riesgos, adopta tácitamente los impulsos genocidas que animan a la soldadesca rusa. La teleconciencia mundial elimina y lava nuestros escrúpulos: un buen checheno es un checheno muerto.

André Glucksmann es filósofo francés. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003