En verano de 2002, siendo testigo de una violenta pelea en el centro de Madrid, realicé una llamada desde mi teléfono móvil al 112. Como resultado se presentaron rápidamente varios vehículos de policía y las ambulancias necesarias para atender a los heridos.
Unos meses después fui citado como testigo a declarar al juzgado, para lo cual me ausenté durante varias horas de mi recién conseguido empleo. Hace dos semanas de nuevo tuve que pedir permiso en el trabajo para comparecer en un juicio oral que se pospuso por la ausencia de varios testigos. Perdí otra mañana y fui nuevamente citado para el día de ayer. Entonces, tras varias horas de espera, el juicio volvió a aplazarse por el mismo motivo y perdí otra mañana. Aunque me dieron una nueva citación y pedí un justificante de mi presencia en el juzgado, ya no se cómo explicarle a mi jefe que estoy obligado por ley a comparecer una cuarta mañana (como mínimo) para no incurrir en delito de denegación de auxilio a la justicia.
Esto no ayuda nada a conservar el puesto de trabajo. Y, sobre todo, la próxima vez que sea testigo de algún delito quizás tenga que pensarme dos veces el llamar a la policía.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003