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COLUMNA

Viaje a lo desconocido

Los viajes ya no son lo que eran. Uno cambia de país en minutos gracias a los nuevos medios de comunicación. El tren correo con parada en todo apeadero es pasto de la nostalgia y estaciones de nombre inolvidable -porque el tren se detenía una eternidad, como Venta de Baños-, ya no son referencias en la conversación. Pero la cosa, hoy, va más allá y uno puede cambiar de país sin moverse de su sitio. No cambiará el paisaje, ni las personas que le rodean, ni el castellano perfecto que escucha salvo en las retrasmisiones de fútbol en abierto en televisión, que son euskera. Uno puede despertarse un día y ser de un país independiente, de otro país. No sabrá si su piso seguirá costando tanto como cuando lo compró, si la nueva Administración podrá pagarle la pensión de jubilación, si seguirá teniendo trabajo, si el nuevo Estado impondrá, como todo nuevo estado recién nacido que se precie, el servicio militar obligatorio. Menudencias. No sabrá nada. Pero ese ciudadano sorprendido en el viaje en el tiempo (no en el espacio) podría estar prevenido, porque fechas antes, en el periódico de mayor tirada en el País Vasco, había aparecido un sábado en primera plana una noticia que constataba mucha soberanía originaria: "Tres tipos de vascos colonizaron hace más de diez mil años el territorio de Euskadi". ¡Aquello ya era Euskadi!, ¡aquellos ya eran vascos!. No se sorprenda si mañana se despierta en la no-España.

El tema da para una novela de ciencia-ficción, para que autores como Huxley u Orwell se explayaran con nuestro asunto, con nuestro futuro Un Mundo Feliz, o nuestra Rebelión en la Granja. El problema es que esos autores no son de ciencia ficción, ni los temas lo fueron. Ya habían conocido el asunto sobre el que escribieron antes de que lo rebozaran con un poco de magia literaria y que no supiéramos que estaban escribiendo de cosas que ya habían pasado, o estaban pasando. Ni el mundo era tan feliz como lo pregonaban sus apologistas, ni la rebelión en la granja trajo más libertad, sino todo lo contrario.

Conocimos un siglo XX convulso cargado de profetas que arrastraron a la humanidad a sus mayores tragedias. Antes de embarcarse en el viaje a lo desconocido, analice bien los argumentos propagandísticos del jefe del tour operator: su retórica, su actitud profética, su milenarismo, su teoría del eterno retorno, su victimismo, su etnicismo, su xenofobia. Entonces descubrirá que esos viajes ya se hicieron, con resultados calamitosos; hasta tal punto que muchas agencias de viajes sin retorno cerraron en el final del siglo pasado. La última experiencia, la yugoslava, la han pagado bien cara. Sin duda, era preferible el Estado de Tito.

Naturalmente, el viaje se lo venderán con diálogo, amabilidad, sin tensión, sin insultos, con derechos humanos, con democracia, evitándole las posibles molestias por el exceso de voluntarismo que rezuma, capaz de borrar la historia. Como todo eso se dijo en el siglo pasado en Rusia, en Italia, en Alemania, en España, con el resultado de guerras y guerras, pobreza y pobreza, podrá reconocerlo a poco que preste atención. Y tras tanta guerra y tanta pobreza, en Roma, en el Tratado de Roma, decidieron que los viajes serían de unión y no de separación. Además, a paso lento, olvidando los mitos raciales o históricos y erigiendo la ciudadanía por encima de todo, la Europa de los ciudadanos. Y de forma progresiva y pragmática, sin excesivo llamamiento a la ilusión, hablando mucho más de los inconvenientes y barreras que se tenían que superar, empezando por las económicas. Se creó primero un mercado común, luego la moneda, luego, despacio, la unión política. A velocidad del tren correo, con parada en cada apeadero y sin usar los atajos de los profetas.

El problema de los viajes ilusionantes es que, una vez emprendidos, no hay manera de protestar. Los imprevistos pueden amontonarse y el viajero acabar en otro hotel acribillado por los chinches o en otro destino en otro continente. Pero el que se forra es el que le ha vendido el viaje. ¡Vaya luego a protestar!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 10 de octubre de 2003