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Crónica:CICLISMO | Fiesta en casa del nuevo campeón

"No pude aguantar frente al televisor", dice Begoña, su madre

La familia de Astarloa celebró en la intimidad la sufrida victoria de Igor, mientras en Ermua, su localidad, explotaron cohetes

A los pocos minutos de que Igor Astarloa levantara los brazos y cuzara la línea de meta en Hamilton, los cohetes salieron del balcón del Ayuntamiento de Ermua (su localidad natal) para celebrar la victoria de su conciudadano. Los cohetes los lanzaron los propios policías municipales de la localidad como primer homenaje oficial a una victoria tan deseada como inesperada. El ruido de los cohetes contrastaba con el silencio explosivo de su domicilio. Allí, sus padres, Begoña y Ángel, habían rumiado los nervios, midiendo cada pedalada que le faltaba al chaval para alcanzar la meta. Su madre, de hecho, no vio su victoria. No podía aguantar aquel calvario de imágenes que a veces transmitían una ventaja suficiente y a veces parecía que echaban al pelotón perseguidor encima de la bici de su hijo. "No pude verlo", decía Begoña, ya tranquila aunque abrumada por las consecuencias del éxito. "No, no lo vi. Dejé la televisión y preferí esperar a que ocurriera lo que fuese". Ángel, el padre, siguió pegado al televisor, imaginando cuánto faltaba para llegar, observando con un ojo a su hijo Igor y con el otro al grupo que le perseguía con saña.

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Ahí se la jugó el chaval, acostumbrado a jugárselo todo a una carta en el ciclismo, a apostar fuerte por su futuro, a creer en una profesión que según su madre "le viene de nacimiento. Siempre quiso ser ciclista, siempre pensó en el ciclismo y jamás se desvió de esa devoción". Algo que tenía ya en sus genes. Su tío Ignacio Askasibar, también fue ciclista "en los tiempos de Txomin Perurena", dice Begoña, e Igor se quedó con esa parte familiar para afrontar un deporte que le planteó muchas exigencias.

Angel y Begoña vivieron en soledad el éxito de su hijo. "La hija esta en Barcelona y él allí, en Canadá, así que sólo quedamos nosotros dos. Y la verdad es que aún no nos lo creemos. No lo esperábamos y él tampoco", afirma Begoña. A Igor le ha tocado sufrir. "Como aquí no había muchas oportunidades, tuvo que emigrar a Italia. Eso siempre es duro", recuerda Begoña, "pero lo importante es que él quería dedicarse al ciclismo y esa fue una oportunidad. Había que ir hacia adelante, en Italia o donde fuera. Para él y para la familia fue duro, pero era lo que había".

A Begoña, aún le tiembla la voz y se le adivinan las ganas de descansar, de pensar en la victoria que no ha visto y de olvidar sobre todo la caída, a falta de pocas vueltas, cuando parecía que ahí se acababan todas las posibilidades. Esa caída fue el primer estruendo, la sensación de que el fatalismo se cebaba con las esperanzas y el miedo a la posibilidad de sufrir daños mayores. Luego sólo queda un rasguño en el antebrazo.

Antes, solos los dos, y luego Ángel aún más solo, esperaron a que Igor cruzara la meta del éxito. Entonces fueron los aplausos, los abrazos de la intimidad, el triunfo de las lágrimas, contenidas o incontenibles. Y llegaron los cohetes del Ayuntamiento. Pasa el tiempo y Begoña reconoce: "Aún continúo viviendo en una nube, porque no lo esperábamos. Ni él tampoco". No hubo más estruendo que los cohetes. Todo contenido. Todo en la intimidad. Como en familia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de octubre de 2003