En 1992, un director tejano llamado Robert Rodríguez hizo de su debut un guiño que resultó un éxito de taquilla. La película se titulaba El mariachi, estaba rodada con cuatro duros (el director confesó haberlos ganado como cobaya humana para probar un medicamento contra el colesterol) y era una de esas excentricidades cachondas que ponía sobre la mesa de los ejecutivos de Hollywood un tema espinoso: el talento de un desconocido sin dinero podía obtener igual o mejor respuesta en taquilla que una superproducción cargada de efectos especiales.
Pistolas de agua contra softwares sofisticados. Rodríguez saltó a la fama como el niño travieso y audaz del cine hispano made in USA y no tardó en conseguir un presupuesto más holgado para la secuela, Desperado, y un cambio de protagonistas que sumaba puntos al producto: Antonio Banderas y Salma Hayek. De nuevo funcionó. Y ahora nos llega esta tercera parte para demostrar que el talento, la gracia y el nervio lúdico de Rodríguez tenían un límite. Y, por lo visto, económico: en cada plano es obvio que el presupuesto ya no forma parte de sus preocupaciones (el despliegue de efectos especiales es apabullante; las escenas de acción, vertiginosas), pero también que el dinero debe mermar la imaginación.
EL MEXICANO
Director: Robert Rodríguez. Intérpretes: Antonio Banderas, Johnny Depp, Willem Dafoe, Salma Hayek. Género: acción. EE UU, 2003. Duración: 102 minutos.
Sangrienta venganza
Rodríguez nos presenta de nuevo a El mariachi (Banderas, con un caché mucho más elevado), mítico héroe de la trilogía que ahora concentra su melancólica energía en llevar a cabo una sangrienta venganza. Una premisa que siempre motiva, pero que Rodríguez, con su ambiciosa y, visto lo visto, pretenciosa intención de rizar el rizo, convierte en una maraña de tramas paralelas que mezclan al Ejército mexicano con la CIA, a una neumática agente policial (Eva Mendes) con delincuentes que parecen extras de un especial de Nochevieja. Tanto es el desfase que la ubicación de actores como Mickey Rourke, Johnny Depp, Willem Dafoe y Enrique Iglesias en personajes caricaturescos incomoda más que divierte, y la ostentación presupuestaria hace que echemos de menos esos años en los que a Rodríguez no le salían las cuentas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de octubre de 2003