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Un encuentro letal en un cruce de caminos

Gustavo Romero Tercero, de 31 años, miembro de una conocida familia de la ciudad, ha contado que se topó con Rosana Maroto, en donde se cruzan los caminos de Carretas, Membrilla y el Camino Viejo del Moral, por donde la joven solía pedalear casi a diario, para ir a la casa que su padre, Agustín Maroto Pérez, tenía en el campo. Ella solía hacer siempre el mismo recorrido, a veces en bici a veces a pie. Pero el 25 de junio de 1998 se topó con su asesino y su rastro se perdió hasta ayer, pese a que media España había sido empapelada con carteles con su nombre.

Aquel 25 de junio de 1998, cinco años y cinco días después del crimen de los novios, Rosana salió sobre las 18.30 en bici por la travesía de San Marcos, siguió por la travesera de la Unión, la propia calle Unión, la prolongación de San Francisco y tomó el camino de la Membrilla, rumbo a la casa y la noria Rabadán. En este punto fue donde supuestamente se produjo el asalto mortal, antes de las 19.30 de ese mismo día. No se volvió a saber de ella hasta que el 29 de junio de 1998 unos paseantes localizaron por casualidad su mochila (con las llaves de casa, documentos, unas zapatillas de deporte) en el río Jabalón, donde había sido fijada al fondo con una pesada piedra. En ella había unas gotas de sangre cuyo ADN fue analizado. Dio desconocido, pero la Comisaría General de Policía Científica lo archivó para utilizarlo tal día como ayer.

La bicicleta fue encontrada el 30 de octubre de 2000, en el fondo de un pozo que en 1998 estaba lleno de agua y, dos años después, seco. No había rastros de violencia en la bici, lo que hoy tumbaría la tesis del atropello. Pero, a todo esto, un preso llamado Antonio Pedro Gómez, que por entonces aprovechaba permisos para trabajar en una lavandería de la cercana Moral de Calatrava, fue acusado de la desaparición e incluso se autoinculpó de ella. La historia se cayó por su propio peso. Pero los investigadores de Valdepeñas no cejaron, ni siquiera tras rastrear 300 pozos. "Eran tres espinas que teníamos clavadas y nunca, nunca, dejamos el caso", confesó ayer uno de ellos a pie de pozo. Ahora, además, se investiga la vida de Gustavo Romero en Canarias y también los casos de desapariciones similares en el archipiélago.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de octubre de 2003