No es habitual en este país ver a tanta gente conmovida por la belleza de un espectáculo. Fue el pasado martes en el estreno en España de La trilogía de los dragones, montaje del canadiense Robert Lepage y su compañía Ex Machina. Y eso que en su contra figuraban las seis horas de duración del espectáculo. No obstante, no hubo, como ocurre otras veces en el teatro, cabezadas, ronquidos, movimientos de cansancio. Pero sí hubo lágrimas.
Muchos de los espectadores llegaron en autobuses, contratados por el propio Festival de Otoño, a un sorprendente escenario a más de treinta kilómetros de Madrid -unos estudios cinematográficos en El Álamo- en el que se representará esta trilogía hasta el próximo sábado. Lo memorable de la representación hizo recordar a muchos de los asistentes otros hitos escénicos como Mahâbhârata, de Peter Brook; Orlando Furioso, de Luca Ronconi; Titus Andrónico, de la Royal Shakespeare Company;
Cyrano, de Josep Maria Flotats;La clase muerta, de Tadeusz Kantor, o Elsinor, del propio Lepage. Grandes montajes todos que pasaron a la historia y que marcaron la relación entre la vida y el teatro, como el que se creía estar viviendo esa noche.
Nuria Espert, que será dirigida por Lepage el año que viene, aseguraba casi excitada: "¡Qué gran despliegue de creatividad!". También asistieron emocionados otros actores como José Luis Gómez, Verónica Forqué, Natalia Menéndez, Pep Molina, Mónica López, María Pujalte; dramaturgos como Jesús Campos, Ernesto Caballero y Lourdes Ortiz; cineastas como David Trueba y Juan Caño, o arquitectos como Miguel Verdú. Políticos o responsables de teatros públicos, ni uno; salvo la obligada presencia de Carlos Baztán, consejero de las Artes de la Comunidad de Madrid, institución organizadora del evento.
José Luis Gómez, al que ni la gripe le impidió disfrutar de Lepage, comentó: "Es una gran emoción asistir al nacimiento de un nuevo lenguaje para el teatro, contemplar una ruptura que afirma nuevos caminos para la escena. Durante todo el espectáculo ha prevalecido mi asombro profesional y mi deleite por la poesía más que por el argumento".
Esta trilogía muestra el Lepage de sus comienzos -la versión original es de 1986- y no tanto al hombre de sorprendentes y mágicos hallazgos tecnológicos puestos al servicio del teatro y de su obsesiva búsqueda de la belleza a través del dolor.
"Escuchad crecer las piedras y encontraréis la paz". Esta frase de El dragón blanco, última parte de esta trilogía, que completan El dragón verde y El dragón rojo, cobra un especial significado en esta propuesta escénica ante la que se llega a comprender que a este joven director canadiense se le conozca como "el milagro Lepage".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de octubre de 2003