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Tribuna:CLÁSICOS DEL SIGLO XX (2)

La memoria lejana

Max Aub publicó La calle de Valverde en 1961, después de la gran broma de Jusep Torres Campalans, y en un descanso creativo del gran ciclo de El laberinto mágico, que había comenzado a escribir en los días finales de la guerra de España y concluiría unos años más tarde, con las páginas terribles de Campo de los almendros, aunque también podría decirse que el verdadero final de esa sucesión de novelas inigualables sobre el heroísmo y la derrota de la República española vino no con una obra de ficción, sino con las páginas verdaderas y amargas de La gallina ciega, la crónica del regreso de Aub a la España de Franco. La calle de Valverde es también, en gran medida, un regreso, pero no en el espacio, sino en el tiempo, en el tiempo endulzado de la nostalgia personal y de la imaginación novelesca. En El laberinto mágico está la tragedia y la épica de la guerra, la convulsión de la Historia que atropella en su curso las vidas privadas.

Max Aub, como Galdós o como Flaubert, concibe siempre las tramas de sus novelas de madurez en la encrucijada de los acontecimientos públicos y los destinos particulares, y la historia de España no está menos presente en La calle de Valverde que en cualquier otra de sus obras maestras: el tiempo de la acción es, explícitamente, la dictadura de Primo de Rivera, y los personajes de ficción se entrecruzan en sus páginas con los de la vida política y literaria de la época, de modo que, por el influjo de su cercanía, se nos vuelven tan reales como ellos, y a la vez les conceden parte de su propia identidad de criaturas imaginarias. Nos parece que caminamos por ese Madrid, entre menestral y moderno, con nuevos edificios, con automóviles veloces, con muchachas que ya no trabajan como modistillas, sino como mecanógrafas, y que se han aficionado a bailar los ritmos de la música americana. Al fondo de un café, o entre las mesas de un colmado, distinguimos las figuras familiares de Valle-Inclán, de Juan Negrín, que todavía no es más que un brillante cardiólogo, de Manuel Azaña, que no pertenece todavía a la historia ni a la vida pública, sino a la celebridad modesta y local de la literatura y de las aulas del Ateneo.

Ésa es una clave del libro: la historia, en esos años, todavía es una promesa, y las esperanzas políticas del país, las energías difícilmente contenidas por la dictadura, se confunden con las ilusiones personales de la juventud, con los sueños de progreso y de éxito en el amor, en el trabajo, en la vocación. La República casi se vislumbra en el horizonte, pero el monstruo de la guerra, para la que en realidad no faltan muchos años, nadie puede presagiarlo.

Por supuesto, nosotros sabemos lo que ignoran los personajes: también lo sabe el autor, Max Aub, que está escribiendo muchos años después, dejándose llevar por la memoria lejana de su juventud, permitiéndose, para situarse en el ambiente jovial y atareado de la novela, la ficción de que tampoco él siente sobre sí la gravitación de lo que vino más tarde, de lo que podría no haber sucedido. A principios de los años sesenta, Max Aub había alcanzado el grado máximo de su destreza como narrador y también había comprendido que quizás no vería con sus ojos el final de la tiranía de Franco, y hasta se había atrevido a ironizar, en uno de sus mejores relatos cortos -La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco-, acerca de los sueños crédulos e ineptos de tantos exiliados que estaban vaticinando siempre la caída próxima del dictador. Sus intereses literarios, los registros de su escritura, se habían ido ensanchando al mismo tiempo que progresaba su escepticismo, que se fortalecía su amargo desaliento ante la imposibilidad de que lo que escribía llegara de verdad a los lectores que él hubiera deseado. Siempre inquieto, tanteando siempre caminos posibles, había escrito esa obra maestra del pastiche casi posmoderno y de la impostura literaria, de la confusión entre lo irreal y lo inventado, que es Jusep Torres Campalans. En La calle de Valverde, escrita a continuación, parece que el intento de Aub se ajusta más a la ortodoxia narrativa, pero en el fondo la aventura es muy semejante, y la trampa más sutil: revivir un pasado como si no hubiera venido detrás un futuro siniestro, convertir en presente, en incertidumbre ilusionada acerca del mañana, lo que sucedió hace más de treinta años en otro país, en otro mundo. En esa juventud suya contemporánea de la de los héroes de su novela, Max Aub había escrito como un principiante de la estricta vanguardia: a la hora de recobrarla, al filo de los sesenta años, se acogió a las lecciones de Galdós, pero también al simultaneismo de la novela urbana que había inaugurado Manhattan Transfer.

Ese juego de pasado y porvenir, de realidad y ficción, de mentira y memoria, de casticismo y modernidad, da al Madrid de La calle de Valverde su tono tan peculiar, su aleación tan perceptible de vitalismo y melancolía. Como sus personajes, nosotros mismos casi llegamos a creer que el futuro de aquel tiempo no está escrito, que la historia hubiera podido suceder de otro modo. Quién podía imaginarse que sobre ese Madrid moderno y popular de la novela acabaría cerniéndose un horizonte de bombardeos y de incendios, un mañana negro de hambre, derrota y dolor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de octubre de 2003