Desde el inicio del escrutinio de anoche, la candidata del PP a la Presidencia de la Comunidad de Madrid sintió que tocaba la victoria con la punta de los dedos. Y al final se confirmó su triunfo, con una subida de dos puntos respecto a las elecciones de mayo y dos escaños más, que le permitirán convertirse en la segunda presidenta de comunidad autónoma en España.
Esperanza Aguirre Gil de Biedma, nacida en Madrid en 1952 y funcionaria del Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo del Estado -en el Gobierno de UCD llegó a subdirectora general de Fundaciones-, dio sus primeros pasos en la política en el Ayuntamiento de Madrid como afiliada al Partido Liberal (una de las tres formaciones que integraban Coalición Popular) y sentada en los bancos de la oposición al Gobierno municipal del socialista Enrique Tierno Galván. Así estuvo seis años.
Aguirre, casada con un conde y madre de dos hijos veinteañeros, llegó al poder municipal en 1989, con 37 años, gracias a una moción de censura que derribó a los socialistas y dejó en el Ayuntamiento un equipo de centroderecha formado por concejales de Alianza Popular (AP) y del Centro Democrático y Social (CDS). A Aguirre le fue asignada la responsabilidad sobre el área de Medio Ambiente y desde ese cargo empezó a adquirir notoriedad pública.
Su batalla principal consistió en impedir que un puente sobre el que circularía el Metro cruzase una zona de la Casa de Campo. Como era una cuestión de competencias -por un lado, de la Comunidad de Madrid, que pagaba la nueva infraestructura del transporte; por otra parte, del Ayuntamiento, que protegía el pulmón verde de la capital- Aguirre optó por la tremenda y amenazó con encadenarse a los árboles que iban a tener que ser arrancados para dejar paso al puente.
Si Joaquín Leguina, entonces presidente de la Comunidad de Madrid, quería hacer la obra, tenía que enviar a la policía para sacar de allí a la concejal. Ganó la tozudez de Aguirre y el Metro, ya con el PP en el Gobierno de la Comunidad de Madrid se hizo subterráneo, sin tocar un sólo árbol.
En la política local destacó también por sus ansias privatizadoras, congruentes con su credo liberal. En el Ayuntamiento, Aguirre escaló rápido y atesoró mucho poder. Pasó a ser tercera y luego primera teniente de alcalde. En el partido la eligieron como polemista para debates interminables con dirigentes socialistas de relieve nacional.
Cuando el PP ganó las elecciones generales en 1996, José María Aznar la sacó del Ayuntamiento para hacerla ministra de Educación y Cultura, pese a que la ilusión confesada de Aguirre era convertirse en titular de Defensa.
En ese cargo estuvo 30 meses (entre mayo de 1996 y marzo de 1999) y se abrasó entre meteduras de pata y proyectos legislativos que encontraron la contundente respuesta de diversos sectores sociales. De esa época datan las equivocaciones que se le atribuyen, y ella niega, por supuestas confusiones sobre personajes muy conocidos del mundo de la cultura.
Aznar la sacó de aquel puesto cargado de problemas para regalarle un sillón de alta representación, muy bien remunerado y alejado de los focos de la actualidad: presidenta del Senado, cargo con el que pasó inadvertida. Ella presume de que en su despedida recibió el aplauso de toda la Cámara alta y que gobernó esa institución como un árbitro imparcial. Eso sí, no pudo culminar la reforma de la segunda instancia parlamentaria como Cámara autonómica como había prometido en su discurso previo a su elección como presidenta.
Su último salto político ha sido imprevisto. Todos la situaban al frente de la candidatura municipal pero Aznar la prefirió en la lista de la Comunidad de Madrid, a sabiendas de que el PP arriesgaba el poder en esta institución. Pero el presidente del Gobierno prefería asegurar el Ayuntamiento y eligió para ese puesto a Alberto Ruiz-Gallardón.
El riesgo era tan grande que el PP se quemó y perdió la mayoría absoluta en la Comunidad aunque revalidó el gobierno de la capital. A Aguirre, que en el proceso del paso de la política nacional con un perfil muy institucional a la política autonómica más a pie de calle, cambió los trajes chaqueta y el foulard estampado por la mochila de cuero y los vaqueros, le aguardaban cuatro años de oposición si no hubiera sido por dos tránsfugas del PSOE que le dieron una segunda oportunidad.
En esa segunda campaña en cinco meses, uno de los asuntos más conflictivos con los que tuvo que lidiar fue el emplazamiento de los partidos de la izquierda para que hiciese público su patrimonio, toda vez que la ética de los políticos había quedado en entredicho por las acusaciones del PSOE y de IU hacia los populares por su supuesta connivencia con intereses poco confesables. Ella se negó con el argumento de que siempre declaró sus bienes como obliga la ley a los cargos públicos, y que esas propiedades sólo se habían incrementado en los últimos años por la herencia recibida a la muerte de su padre. "No pienso exhibir mi patrimonio ni hacer un strip -tease", afirmó para zanjar la cuestión.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de octubre de 2003