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COLUMNA

Las críticas

Todo es política. Era una frase que utilizábamos la gente de izquierdas en la transición y que nacía probablemente de un noble deseo de ideologizar cualquier cosa que tocáramos, desde el cine y el sexo hasta la literatura. Todo es política. No es nostalgia, sino certeza, recordar que en las conversaciones juveniles de entonces se utilizaban grandes conceptos: lucha de clases, educación en libertad, república... Los sueños tuvieron, lógicamente, que ajustarse a la realidad democrática, aunque cabe preguntarse si era irremediable terminar como hemos terminado discutiendo sobre lo que dijo Ibarretxe ayer y lo que le contestó Aznar esta mañana y a su vez lo que apostilló Zapatero o Bono a lo que dijo Ibarretxe y a lo que le contestó Aznar. Es probable que entre todos, los políticos con su falta de altura y los periodistas con su pereza y su tendencia al periodismo declarativo (lo que dice éste y lo que dice el otro), hayamos dejado el debate público por los suelos. De cualquier forma, en los últimos meses, aquel viejo lema de "todo es política" había vuelto a engrasar su maquinaria. Incluso aquellos que no somos analistas políticos hemos estado seducidos por lo que estaba pasando delante de nuestros ojos. Y si alguien se ha llevado los palos, al menos desde el periódico en el que escribo y por parte de muchos de los que tienen un espacio de opinión, ha sido el Gobierno. Ha habido bastante unanimidad en la crítica y muchos lectores así lo han percibido. Por eso no deja de sorprender y de inquietar que Zapatero responsabilice en parte de la derrota madrileña a algunas voces críticas de columnistas y contertulios hacia el PSOE. Pienso que se equivoca, no sólo en la percepción de la magnitud de esas críticas, sino que se equivoca juzgando a algunos votantes de izquierdas que en esta ocasión se quedaron en casa. Es posible que esos votantes estén deseando sentir que pueden volver a votar en las próximas elecciones, pero lo aconsejable para que lo hagan es que el partido socialista decida seducirles, tenderles la mano, no acusarles, ni mandarles al PP, ni exigirles que sean buenos y digan a todo que sí, ni insinuar que son tan mansos que se dejaron seducir por lo que decían tres periodistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 29 de octubre de 2003