El tercer gol del Sevilla, en el minuto 14, tuvo un largo prolegómeno y una cadena de consecuencias de lo más melodramáticas. El brasileño Daniel Alves comenzó la jugada en campo sevillista y la culminó un rato después, de cabeza. Primero superó a Zidane como si fuera una silla, luego se paseó por delante de Guti varias veces, tiró una pared con un colega, y, para finalizar, se filtró entre los impávidos centrales del Madrid a los que sólo les quedó mirar su cabezazo, su empujoncito al balón superando a Casillas en una salida en falso. El portero se enfureció. No con Alves, sino con Guti, presumiblemente por su impasibilidad. Le recriminó su actitud con aspavientos y Guti se le echó encima. Intercambiaron reproches e insultos. Se mandaron a paseo en cámara lenta mientras el entrenador, Carlos Queiroz, abría los ojos para perder la mirada en la nada y señalar el cambio de Rubén. La orden de ejecución estaba dada.
Casillas le recriminó a Guti su actitud con aspavientos y Guti se le echó encima
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El chivo expiatorio, Rubén, cometió algunos errores, especialmente un despeje hacia la zona de remate que terminó en el primer gol. Pero no fue el único responsable de la pésima defensa del Madrid. Queiroz comentó tras el partido que la culpa fue compartida: "Todos hemos fallado, incluso los técnicos, todos somos responsables".
Todos fueron culpables pero el que lloró fue Rubén. Al central gallego se le caían las lágrimas, apretado en el banquillo entre Cambiasso y Olalla, que intentaron consolarle. "No pasa nada", le decía Olalla. "No es tu culpa", le decía Cambiasso. Y las lágrimas seguían cayendo.
"No hay muchas explicaciones", prosiguió Queiroz, antes de señalar cierta precipitación en sus jugadores. "El Sevilla ha empezado muy fuerte, muy bien y con mucha felicidad. Y nosotros no empezamos bien. Infelizmente, cuando recibimos el primer gol en los primeros minutos el equipo se quedó intranquilo, aunque pienso que después del 3-0, que también llegó muy temprano, el Madrid se tranquilizó y empezó a salir. No necesitábamos ganar el partido en los primeros cinco minutos, pero tampoco lo podíamos perder en los primeros diez".
Cuando empezó a salir, el Madrid encajó el útlimo gol. El cuarto. El estado de shock del equipo era tal que Casillas recibió el tiro con una sonrisa en los labios, estirando el brazo lánguido y sin tirarse. ¿Para qué una palomita si la pelota ya está dentro? Beckham no paraba de hacer gestos, con cara de circunstancias dramáticas, las cejas bien arqueadas. Figo movía la cabeza en señal de desaprobación. Zidane se estiraba la camiseta, muy nervioso. Ronaldo sacaba la lengua empapándose los labios y Florentino Pérez, el presidente, clavaba los ojos en la cámara que encuadraba el palco como pidiendo a gritos que la desconectaran.
Los jugadores se marcharon haciendo piña, todos juntos al autobús salvo Beckham y Raúl, que se quedó para dar explicaciones. "Hay que felicitar al Sevilla", sentenció el capitán madridista. Fue el único que defendió a su compañero castigado: "Rubén ha demostrado sobradamente ya en otras ocasiones que es un jugador que puede jugar en el Real Madrid".
Florentino Pérez, por su parte, puso su habitual toque de ponderación: "Me siento mal, como todo el mundo puede imaginar. Aunque no es la primera vez que perdemos por un resultado así. Recuerdo el 1-5 del año pasado ante el Mallorca. Lo que es evidente es que en algo nos hemos equivocado y debemos aprender de los errores sin ponernos nerviosos. Todo el mundo debe tener derecho a equivocarse. No hemos estado a la altura de las circunstancias. A los jugadores les daré ánimos en el aeropuerto".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de noviembre de 2003