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Crónica:LA CRÓNICA

El horror de las minas

Lo dijo el otro día el fotógrafo Jordi Rodri en un acto de denuncia contra las minas antipersona celebrado en la librería Altaïr, el templo de la literatura de viajes: "Viajar no se acaba con ir a tomar el sol a las Bahamas o a otros países exóticos, sino que hay otras maneras de viajar. Una de estas maneras es la de interesarse por la gente que vive en los países que visitamos y tratar de ayudarla". Rodri ha ejemplificado esta actitud con la publicación del libro L'últim pas, un cómic en el que se cuenta la historia de dos niños reales que han sido víctimas de las minas: uno en Bosnia y el otro en Senegal. El guión es suyo y le han ayudado en los dibujos los niños de la escuela Proa, con una doble intención: denunciar el horror causado por las minas y recoger fondos para comprar prótesis para los niños mutilados.

La ONU dice que hay más de 80 millones de minas y que se necesitarían, al ritmo actual, 1.000 años para limpiar todo el planeta

En la mesa de Altaïr acompañaban el otro día a Rodri dos viajeros de peso: Josep Maria Romero y Javier Nart, empeñados ambos en sensibilizar a la sociedad sobre la perversidad y el horror de las minas. Romero dio algunas cifras escalofriantes. En tan sólo nueve años, entre 1964 y 1973, los aviones norteamericanos lanzaron sobre Laos unos dos millones de toneladas de bombas y se calcula que entre el 10% y 30% aún no han explotado, lo que convierte el país en un peligro constante. "Cada año hay en Laos unos 200 accidentes por culpa de las minas", explicó Romero, "y lo más perverso es que hay unos 100 tipos de minas, con distintos sistemas para desactivarlas, y que la información sobre ellas está clasificada por el Pentágono durante 30 años. Es decir, hasta que transcurran 30 años, no hay manera de saber cómo se desactivan".

Romero se sensibilizó sobre el tema en un reciente viaje a Laos, en el que conoció por casualidad a un ex piloto de la Royal Air Force que colaboraba con la organización MAG (www.magclearsmines.org), dedicada a la limpieza de terrenos minados. "Fue él quien me contó las desgracias causadas por las minas y quien me acompañó a zonas minadas para que viera el trabajo que estaban haciendo", explicó. "Me impresionó mucho la extrema perversidad para matar de las llamadas bombas racimo, que matan en un radio de 150 metros, y creo que vale la pena ayudar a los que luchan contra esto".

El horror y la maldad de las minas llega a extremos increíbles. Las hay de plástico, por ejemplo, para que no puedan encontrarlas los detectores de metales, y hay también minas trampa, en forma de juguete de llamativos colores, que estallan en cuanto las coge alguien. "Las guerras son mucho peor de lo que imaginamos", insistió Rodri. "Luchar contra un ejército es terrible, pero la mina es un adversario terrible porque no lo ves venir (...). Cuando alguien me pregunta cómo es una guerra, suelo responder: 'Si quieres ver todo el horror de la guerra basta con mirar a los ojos de alguien que ha sido mutilado por culpa de la explosión de una mina. En ellos ves toda la desesperanza'. Y lo malo de las minas es que no sólo dañan al que la pisa, sino que mutilan psíquicamente a toda la población, que no puede ir tranquilamente a sus tierras y que vive en una perpetua incertidumbre".

El último informe de la ONU sobre el tema indica que hay actualmente minas en unos 70 países, la mayoría del llamado Tercer Mundo. Aunque es difícil calcular la cantidad, se calcula que hay entre 80 millones y 100 millones de minas, y que, de seguir al ritmo actual, se necesitarían 1.000 años para limpiar todo el planeta.

Javier Nart, que ha podido ver los desastrosos efectos de las minas en varios países a lo largo de los últimos años, habló de la permanente situación de angustia que se vive al avanzar por un terreno minado y de la desesperanza que produce ver que unas lluvias pueden arrastrar tierras y convertir de nuevo en minado un terreno ya limpio. "La guerra es de por sí una patología repulsiva, pero después, por culpa de las minas, sigue habiendo muerte", sentenció. "En este tema no hay ni derechas ni izquierdas. La crueldad está en ambos bandos y en los distintos países; por ejemplo, en Mozambique se ha visto que todos se dedicaban a sembrar los campos de minas".

A pesar de este desolador panorama, hay algunos motivos para el optimismo. "La reacción de la sociedad civil, por un lado, y la existencia de organizaciones no gubernamentales como MAG y otras nos hacen pensar que el mundo puede ir a mejor y que al final por encima de la razón de la fuerza está la fuerza de la razón", opinó Nart. Jordi Rodri, por su parte, aportó un detalle más concreto para mover al optimismo. Jean Dominique, el niño mutilado de Senegal que aparece en el cómic L'últim pas, ya puede andar gracias a unas prótesis, y no sólo eso, sino que además llamó recientemente para pedir que le enviaran unos zapatos para poder jugar al fútbol. La vida, a pesar del horror y de las minas, continúa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003