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COLUMNA

América ausente

Aquí todo son vísperas de la XIII Cumbre Iberoamericana en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia). Una reunión que convoca a 21 jefes de Estado y de Gobierno para pasar revista a la situación de la familia que a uno y otro lado del Atlántico se expresa en español y portugués. Su celebración en Santa Cruz ha estado en el aire por los acontecimientos políticos bolivianos que llevaron a la renuncia del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, sustituido tras la revuelta de octubre por su vicepresidente, Carlos Mesa, quien ha designado un Gobierno de técnicos fuera del ámbito de los partidos y sólo dispone de tres meses de tregua antes de ser examinado de nuevo por los cabecillas del levantamiento impulsado por cocaleros e indigenistas. América, nuestra América, el lugar de nuestro pasado y de nuestras inversiones, ausente de nuestras prioridades políticas e informativas, regresará el próximo fin de semana a los espacios más relevantes de los medios de comunicación españoles.

Preparando la cumbre, medio centenar de colegas de la prensa, radio y televisión, venidos de todos los países de la Comunidad Iberoamericana y de la Unión Europea, debaten sobre los asuntos propios de su profesión, pasan revista al estado de las libertades de expresión y anticipan el orden del día de esta XIII edición. La propuesta más sustancial es la que formulará el ex presidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, según le encomendaba la declaración de Bávaro del año pasado. Decían entonces los jefes de Estado y de Gobierno que, conscientes de la necesidad de mejorar los mecanismos y la institucionalización de las cumbres para que la sociedad iberoamericana profundice más y mejor sus relaciones y aproveche sus potencialidades, era necesario abrir un proceso de reflexión en torno a dos objetivos a perseguir: el de una mayor cohesión interna en el seno de la Comunidad y el de obtener como conjunto una mayor presencia en el ámbito internacional.

Es interesante releer ahora la declaración de Bávaro, que hace un año empezaba por "reafirmar la adhesión a los propósitos y principios del derecho internacional consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, el respeto a la soberanía y la igualdad jurídica de los Estados, el principio de la no intervención, el no uso o amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, el respeto a la integridad territorial, la solución pacífica de las controversias y la protección y promoción de todos los derechos humanos". O sea, lo contrario de lo que hizo nuestro presidente del Gobierno, José María Aznar, en la crisis de Irak. De donde, aquí, en Santa Cruz de la Sierra, España comparece con la señal del incumplimiento en la frente, alineada con el presidente George W. Bush, y en abierta discrepancia con los presidentes Vicente Fox, de México, y Ricardo Lagos, de Chile.

En todo caso, las críticas tan frecuentes al carácter inane de las cumbres deberían reconsiderarse si atendiéramos a cuestiones como las comprometidas en Bávaro, donde se exhortaba a terminar con la aplicación unilateral de leyes o medidas extraterritoriales como la Helms-Burton, se celebraba la entrada en vigor de la Corte Penal Internacional, se apostaba por la Convención de Ottawa para la eliminación de minas antipersonas, por la liberalización del comercio, por la preservación del medio ambiente y por el aporte de las migraciones para las economías y sociedades de origen y destino. Sorprende que, con respecto a todas estas cuestiones, los Estados Unidos de Bush, siempre empeñados en reservarse la certificación del comportamiento de los demás, encabecen la lista de los malos ejemplos.

Por lo demás, después de tanta prédica insistente por parte de nuestros liberales de que cuanto menos Estado mejor y de tanto promover la reducción de impuestos como panacea para impulsar la economía, ahora resulta que los déficit fundamentales identificados en Iberoamérica son el institucional y el de la fiscalidad. Y además descubrimos con John Gray (véase su libro Al Qaeda and What Means To Be Modern. Editorial Faber and Faber, Kent 2003) que los débiles adquieren nueva peligrosidad porque encuentran y explotan las vulnerabilidades de los fuertes. La corrupción no es privativa de América Latina. La singularidad consiste en que los corruptos latinoamericanos, como los rusos, se llevan fuera el producto de sus rapiñas, mientras que los Rockefeller confiaban en su propio país y por eso invirtieron allí su botín.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003