Como profesora de literatura en vías de extinción, me complace advertir en su periódico la presencia de voces prestigiosas, como recientemente la del escritor Luis Landero, que alertan de un hecho extremadamente preocupante para la sociedad: la desaparición de la literatura de la escuela secundaria. Debo recordar a sus lectores que el estudio de la literatura en la ESO se redujo hace ya unos años a la mínima expresión; si en los antiguos y denostados BUP y COU la literatura constituía una materia independiente que ocupaba cuatro horas lectivas semanales, ahora ésta se integra en la materia de lengua, que, por cierto, también ha visto reducida sus horas. En Cataluña, los alumnos de bachillerato de letras (enseñanza posobligatoria) pueden elegir la literatura (catalana o castellana) como materia optativa, siempre y cuando haya suficientes alumnos que la elijan (lo cual no siempre sucede). En consecuencia, fácilmente un alumno puede cursar un bachillerato de letras sin poseer noción alguna de Historia de la Literatura ni haber leído un clásico en su vida. Aberrante. No es de extrañar que muchos alumnos lleguen a la facultad con un vacío cultural que da vértigo, además de un pobrísimo dominio de la lengua.
Apenas me atrevo ya a autocalificarme de profesora de literatura, porque el destino definitivo me llevó a un instituto ubicado en un barrio marginal y fui reconvertida hace ya tiempo en maestra alfabetizadora y educadora social -dignísimas profesiones que sin embargo no elegí y para las que no me formé-, y debería haberme olvidado ya del Quijote, o de La Celestina o de La Regenta o de los artículos de Larra que antaño se leían en bachillerato en este mismo barrio. Y sin embargo, no logro olvidarlo ni puedo evitar sentir una profunda melancolía cada vez que lo recuerdo. La misma que llevó al doliente Larra, que en cada artículo enterraba una esperanza o una ilusión, a declarar que su corazón no era más que otro sepulcro.
Me consuelo: la literatura parece convertirse en un pasatiempo elitista de glamour aristocrático. Quién sabe, con esta afición extravagante que cultivo en mis horas libres igual consigo pescar a un príncipe azul que me libre para siempre de mis cuitas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003