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COLUMNA

La culpa es tuya

En 1994 la OCDE hizo público un documento titulado Estudio de la OCDE sobre el empleo, con el que pretendía analizar la situación de paro que, por entonces, afectaba a la mayoría de las economías desarrolladas, al tiempo formulaba toda una dogmática destinada a fijar los términos de las intervenciones públicas consideradas aceptables, términos que se reducían a recordar el más viejo lema del capitalismo: dejen hacer al mercado. Decía la OCDE en aquel documento: "El paro aparece cuando existe un desfase entre las presiones a las que las economías se ven sometidas para adaptarse al cambio y la capacidad de estas últimas para responder".

Son fenómenos objetivos y autónomos, independientes de la voluntad y la intención humanas, los que están en el origen del desempleo: el cambio tecnológico, la globalización y la competencia internacional. Procesos técnicos o económicos que, en la práctica, desarrollan una función legisladora sobre las sociedades al modificar sus condiciones de existencia. Los propios gobiernos se ven obligados a redefinir su papel, que se ve limitado a impulsar o, al menos, a no obstaculizar la adaptación a esas nuevas condiciones. Que nadie busque motivaciones extrínsecas a todo esto.

El paro aparece simplemente porque hay cosas que ocurren: cambia la tecnología, se globaliza la economía y se endurece la competencia. Son cosas que pasan. Cataclismos comparables a los terremotos, las inundaciones o las sequías. Nada se puede hacer para evitarlos. Es esta una característica siempre presente en los análisis tecnocráticos de la realidad económica y social. No aparecen por ningún lado cálculos o decisiones, diálogos o confrontación de proyectos, alternativas o imposiciones.

Si el paro fuese un crimen y el empleo la víctima, se trataría de la primera víctima sin victimario. Sin cambiar sustancialmente el estilo de expresión, podíamos explicar así el asesinato de una persona: "La herida mortal aparece cuando existe un desfase entre las presiones a las que el cuerpo humano se ve sometido para adaptarse al cambio (el proyectil disparado) y su capacidad para responder al impacto". O las heridas sufridas por una mujer agredida: "La fractura aparece cuando existe un desfase entre las presiones a las que el brazo se ve sometido para adaptarse al cambio (una repentina y extremada torsión) y su capacidad para responder al brusco movimiento". En todos los casos, se trata simplemente de una sucesión de acciones, de un proceso reducible a sus aspectos físicos o técnicos, en cualquier caso, un proceso objetivo. No hay responsables. No hay sitio para la moralidad en esta visión económica dominante. Tampoco hay sitio para la política. No puede haberlo si, como acabamos de ver, sólo ocurre lo que tiene que ocurrir, sólo pasa lo que tiene que pasar, sólo se hace lo que se tiene que hacer.

Es fácil comprender entonces que, a la hora de plantear las soluciones a esta situación de paro, el concepto estrella sea el de adaptación. Armados de un darwinismo ramplón se aplica al mundo socioeconómico la misma receta que (se cree) ha funcionado en el mundo natural: cuando el entorno cambia sólo sobreviven los más aptos, que no son otros que aquellos que son capaces de adaptarse antes y mejor a las nuevas condiciones. La compleja aportación de Darwin se ha visto reducida a un endeble guión de película de acción, donde los buenos siempre ganan, o donde quienes siempre ganan son los buenos, lo mismo da. Sin embargo, este darwinismo grosero resulta tan rentable social y políticamente que nada parece afectarle.

Nuestra sociedad continúa rindiendo culto a los vencedores, legitimando sus éxitos por su demostrada capacidad de adaptación, por el perfeccionamiento de sus capacidades y, en definitiva, por su mejor conexión con las reglas de juego que parecen explicar el progreso de países, empresas e individuos. Y en medio de este relato los perdedores (los que no encuentran empleo, los precarizados, los siniestrados, los muertos en el trabajo) se convierten en víctimas sin victimario. Como Enrique Pociños, tetrapléjico tras caer por el hueco de un edificio que no contaba con ninguna medida de seguridad mientras trabajaba como albañil, al que la Audiencia de Barcelona ha considerado culpable de su accidente. Que no se hubiese subido al andamio en esas condiciones, ha dicho el juez. No eches la culpa a nadie. Y te quedas sin indemnización. ¿O no es libre el mercado de trabajo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003