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Reportaje:

Ulises no tiene papeles

Expertos de siete países piden a la UE apoyo contra el mal que aqueja a cientos de miles de inmigrantes ilegales

Cientos de miles de inmigrantes ilegales residentes en la Unión Europea están gravemente enfermos. Los profesionales sanitarios han encontrado en ellos un cuadro psiquiátrico común que les hace la vida aún más difícil si cabe: depresión, ansiedad, insomnio, somatizaciones diversas con cefaleas intensas y agotamiento y desorientación general. 16 expertos de siete países se reunieron la semana pasada en el Parlamento Europeo para intercambiar datos sobre este nuevo mal que han bautizado como "síndrome de Ulises" y hacer un llamamiento urgente a las instituciones europeas para que afronten un problema que se ha recrudecido en los últimos cinco años.

El síndrome de Ulises aqueja a una gran parte de los más de tres millones de inmigrantes ilegales que viven en la UE, si bien en este contexto, discriminado incluso por las estadísticas, cualquier dato cuantitativo es incierto. Lo que sí es seguro es que el mal que les afecta es dramático y tiene cuatro causas fundamentales: la soledad (vienen de muy lejos dejando atrás amigos y familia), el sentimiento de fracaso, la lucha por la supervivencia básica y la situación de miedo o incluso terror que han vivido al tener que ponerse, por ejemplo, en manos de mafias para entrar en Europa.

"Lo hemos bautizado como el síndrome de Ulises porque las odiseas que nos cuentan hasta que han llegado hasta aquí nos recuerdan mucho a las del héroe griego por el mar Mediterráneo", explicó el psiquiatra de Barcelona Joseba Anchotegui, uno de los pioneros en este campo. "Es un Ulises más moderno, pero lamentablemente menos épico que aquél", puntualizaba la eurodiputada socialista, Anna Terrón, organizadora del encuentro.

El Ulises moderno no tiene sexo ni nacionalidad definida. Los síntomas son los mismos y sus características difieren de los cuadros psiquiátricos que sufren los autóctonos. La depresión, por ejemplo, no les causa deseo de morir ni tampoco apatía (siguen teniendo ganas de trabajar, de hacer cosas).

A todo ese malestar se añade en ocasiones la propia percepción de lo que les ocurre desde su cultura, creyendo, por ejemplo, que sufren mal de ojo o cualquier maldición, y también se une el difícil acceso que tienen a los servicios sociales y sanitarios, por miedo a veces a ser denunciados. Los expertos aseguran que su situación es peor que la de los refugiados, porque éstos, al menos, tienen puntos de referencia.

"El fenómeno es tan nuevo que aún estamos estudiando la relación entre los síntomas y la situación de estas personas", explica Charles Watters, sociólogo británico, "pero lo que está claro es que todos los enfermos viven en condiciones similares: desempleo o empleo precario, soledad, incertidumbre frente al futuro y discriminación social". Todos constataron que la situación ha empeorado en los últimos cinco años, a medida que los gobiernos endurecen sus políticas de inmigración.

La UE se está intentando dotar de una política común de inmigración, pero está dando prioridad, según critican el Parlamento Europeo y el Comité Económico y Social, a las medidas restrictivas frente a las integradoras, a pesar de reconocer que necesita el flujo migratorio para afrontar el declive demográfico y cubrir millones de puestos de trabajo. Dentro de la contradicción que vive el continente, estos profesionales de la salud piden, al menos, ahondar en el conocimiento de esta nueva enfermedad del siglo XXI y, para ello, los participantes en la reunión decidieron construir una red para abordar en cada país esta problemática.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003