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COLUMNA

Paleolítico

Vaya, vaya, vaya. Hay que ver cómo va bajando el entusiasmo inicial que Letizia Ortiz despertó en la ciudadanía. Y me temo que va bajando por los motivos más mezquinos y bastardos. Por ejemplo, porque en el fondo a los humanos nos fastidia la felicidad de los demás. Al principio todo está muy bien, es como un cuento de hadas pasado por Hollywood, con príncipes altos y juncales y plebeyas guapas y prudentes; pero luego el zumo de la envidia empieza a corroer los higadillos, porque además de ser jóvenes y bellos, además de poseer un futuro glamoroso, mayestático y acaudalado, además de todo esto, en fin, ¡es que parece que se quieren! Y eso desasosiega cantidad, porque tú ya sabes que no vas a ser ni Rey ni millonario, a eso estás resignado, pero por lo menos aspiras a amar con embeleso, ése es un paraíso que debería estar al alcance de cualquiera. Pero luego resulta que la pasión amorosa es asimismo un bien esquivo que a menudo se frustra, o no se encuentra, o se degrada rápidamente en la rutina. Es de suponer, pues, que la vida sentimental de la mayoría de los españoles cae dentro de la atonía del ni fu ni fa, en cualquier caso muy lejos de ese brillo tembloroso de los primeros momentos de una pareja, y me temo que algunos llevan fatal esa diferencia.

Pero además este cuento de hadas un poco envenenado está sacando a la luz la parte más machista y reaccionaria de esta sociedad. En vez de alegrarse de que el Príncipe haya decidido al fin casarse, que ya estaba a punto de empezar a parecer un gamberro un poco crecido; y en vez de celebrar que esta vez no haya escogido a una Barbie, sino a una mujer de verdad, a una persona entera, culta, independiente y con una vida propia, pues resulta que ciertas gentecillas están hociqueando en el pasado de Letizia. El pasado del Príncipe, tan movido de chicas, no preocupa nada, antes al contrario: las novias continúan siendo flores en la solapa del varón, condecoraciones de su hombría. El hombre conquista, pero a la mujer, cosa extraordinaria, se la sigue considerando tierra conquistada, una pura pasividad marcada por banderas. A Letizia la hubieran querido virgen algunos trogloditas. Aflora el pensamiento paleolítico a poco que rascas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de noviembre de 2003