Eran más de 37... y su edad media de 22 años. El Estado español los dejó morir en sus costas, los dejó morir con sus sueños... morir por un sueño, un sueño tan real y tan difícil como trabajar y vivir como todo el mundo; o morir buscándose la vida.
Estaban a punto de conseguirlo, pero no tenían 52 minutos, no tenían visado, no tenían papeles, no tenían nada... Según la Declaración Universal de Derechos Humanos, las fronteras no deben existir; toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país. Estos jóvenes ejercían un derecho universal pero no tenían visado, o les costaría mucho más que un sitio en una patera... viajar en los tiempos del visado es tan caro o tan barato como la vida misma.
Mis paisanos eran unos "indocumentados" y de eso se ocupa el ministro del Interior, sus policías y leyes, que han mostrado su cara más sanguinaria...
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de noviembre de 2003