A sus 80 años, Vaas Wilkes andaba ayer jovial por el hotel de concentración del Valencia en Rotterdam, donde el equipo español jugó la vuelta de la segunda ronda de la Copa de la UEFA. Erguido pese a la edad, exhibiendo una altura imponente: 1,90 metros. Sonriente. Repartía abrazos entre los valencianistas que lo habían citado para homenajearlo. Hablaba en un español entrecortado, rememorado de tanto tiempo atrás, cuando fue jugador del Valencia entre 1953 y 1956, uno de los mejores de la historia de la entidad. Tanto, que la tribuna de Mestalla se construyó para que la gente pudiera acudir al estadio a disfrutar de este delantero velocísimo, con un regate celestial. Allí estaba el presidente del club, Jaime Ortí, que le impuso la insignia de oro y brillantes. Allí estaba, siempre a su lado, Paco Real, relaciones externas del club y el único de la expedición que lo vio jugar en directo. "Yo iba a verlo con 13 o 14 años, acompañado de mi padre, que estaba loco con él. Era un jugador maravilloso: de tres cuartos de campo hacia arriba era imparable, muy vertical. Ni siquiera Kempes ha tenido la clase de Wilkes", explicaba ufano Paco Real. Poco después, Ortí le fue presentando a todos los integrantes de la plantilla. "Te voy a presentar a tus compañeros", le dijo el presidente, feliz de vivir este momento. El primero, el entrenador, Rafa Benítez. Después fueron llegando los jugadores, con Cañizares y Carboni muy efusivos con la leyenda holandesa. Ídolo de la infancia de Johan Cruyff, Wilkes fue un goleador irrefrenable: marcó 35 tantos en 38 participaciones con la selección holandesa y anotó 38 dianas en 61 partidos en el Valencia. Es el segundo futbolista de todos los tiempos con mejor media de goles por encuentro, solamente superado por Puskas. También pasó una temporada en el otro club de la capital valenciana, el Levante. Fue en la parte final de una carrera que terminaría en el Fortuna alemán.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003