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Crítica:

Gotas de viejas esencias

Pese al vibrante juego onírico de Thelma y Louise y a los feroces rizos operísticos, de sombría luminosidad, de Hannibal, el inglés Ridley Scott -dueño de un laboratorio de alquimista, donde nacieron tres (Los duelistas, Blade Runner, Alien) de esas raras coincidencias entre buen cine y buen negocio- parecía haber perdido energía y alma, y haberse refugiado en la zona golfa y marrullera de su oficio, lo que le llevó a dar gatos por liebre tan gruesos y huecos como Gladiator, Black Hawk derribado y otros resonantes camelos.

Pero Scott, aunque no le hace ascos a ninguna astronomía, no es un vulgar negociante y nunca renuncia a la distinción, a la voluntad de estilo. De ahí que -si bien esto hace que sus trolas sean canallas, ya que las envuelve en la falsa elocuencia de la envoltura de oro- siga buscando el buen cine y rastreando viejas rutas del riesgo trazadas de espaldas a los libros de cuentas. Es el caso de Los impostores, en la que Scott recupera destellos del esplendor perdido y organiza una sorprendente comedia negra compuesta -en impresión a pie de pantalla de este cronista- con la materia y la paradoja de la finura a brochazos propia de la memoria muda del cine.

LOS IMPOSTORES

Dirección: Ridley Scott. Guión: Nicholas y Ted Griffin. Intérpretes: Nicolas Cage, Sam Rockwell, Alison Lohman, Bruce McGill. Género: comedia de intriga. Reino Unido y Estados Unidos, 2003. Duración: 120 minutos.

Es una singular revisión del mito, o parábola moral, del aprendiz de brujo, o del regador regado o, más cerca del caso, del timador timado, choque de contrastes que permite a Nicolas Cage dar un salto hacia arriba en su cada vez más suelto dominio de la sobreactuación. Y Scott y Cage transmiten comodidad, bien terciados por Sam Rockwell y admirablemente cuadrangulados por la inquietante Alison Lohman, muchacha oblicua, esquinada, de las que rompen la pantalla con el filo de un frío y mortal candor, que de pronto gira sobre sí mismo, da la vuelta al relato del que es eje oculto, invierte el dispositivo argumental y vuelve del revés como un saco la comedia, convirtiéndola en tragedia. Y así recuperamos en Los impostores -filme honesto sobre gente deshonesta, dice Scott- gotas del frasco de esencias que fue el cine de este gran ingenio, hoy atrapado en las secas redes de un agotamiento prematuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003