Muerte, dinero, dolor, codicia. La reconstrucción de la zona cero se parece cada vez más a un culebrón. Un culebrón que no avanza. Más de dos años después de los atentados, nadie sabe a ciencia cierta cómo se llenará el tremendo vació que dejó el 11-S: los arquitectos luchan por imponer sus diseños, el promotor de las obras intenta sacar el mayor provecho, los familiares protestan y todos critican los monumentos en memoria de los 2.982 muertos por no haber sabido captar el horror de la tragedia.
The New York Times adelantaba hace unos días el nuevo diseño de la Torre de la Libertad, la pieza central del proyecto de reconstrucción, que debía simbolizar el renacer del Bajo Manhattan. No se parece en nada a la idea original que el arquitecto estadounidense de origen berlinés Daniel Libeskind, encargado del plan, presentó hace unos meses.
Este nuevo diseño prevé que la torre medirá más de los previstos 1.776 pies (541 metros), cifra que se había establecido en alusión al año en que se proclamó la independencia de Estados Unidos. La torre, en cualquier caso, pretende ser la más alta del mundo, mayor que Taipei 101 (508 metros), que se está edificando en Taiwan, y que las Torres Petronas de Kuala Lumpur (452 metros). Aunque sólo tendrá espacio para 70 pisos, porque los neoyorquinos han dicho que no quieren subir más arriba, y culminará con una corona de turbinas eólicas.
Desde el principio se sabía que el concepto ideado por Libeskind incorporaría otros elementos, por razones prácticas, pero nadie imaginó que su enfrentamiento con el promotor inmobiliario encargado de las obras, Larry Silverstein, llegaría a esos extremos.
Grandes nombres
Silverstein, deseoso de rentabilizar al máximo su inversión y presionado por el gobernador del Estado, George Pataki, que quiere ver empezada la construcción antes de la convención republicana de agosto, ha tomado las riendas del proyecto. Nombró a su propio arquitecto, David Childs, que ha supervisado los planes de la nueva Torre de la Libertad, e incorporó al proyecto otros grandes nombres de la arquitectura: Norman Foster, Jean Nouvel, Fumihiko Maki y el español Santiago Calatrava, que diseñará la terminal de transportes. La última reunión entre Libeskind y Childs, el pasado lunes, terminó muy mal y no se descarta que las cosas empeoren aún más cuando el gobernador Pataki presente oficialmente el nuevo diseño de la torre, la próxima semana.
Pero eso no es todo. Los ocho diseños de memoriales, los monumentos a las 2.982 víctimas de los atentados, la única parte del proyecto que parecía escapar de la polémica, tampoco han gustado. Las ideas de los ocho finalistas, que fueron seleccionados por la Corporación del Bajo Manhattan (en inglés LMDC) entre 5.200 propuestas, han sido calificadas de etéreas en el mejor de los casos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003