Los valencianos deberíamos agradecerle a Francisco Camps la buena voluntad que muestra a la hora de gobernar. El esfuerzo que realiza este hombre cada día para mejorar las formas de gobierno es evidente. Y las formas, como sabemos, son una parte importante de la democracia. En este aspecto, la visita que realizó el martes pasado a Alicante, para pregonar los beneficios de la Copa del América en la ciudad, es un gesto que manifiesta su sensibilidad. No cabe la menor duda de que Francisco Camps es un hombre atento. Ahora, si hemos de atenernos a lo firmado en esta ocasión, no sabríamos qué pensar: el documento suscrito entre el jefe del Consell y el presidente del puerto de Alicante no pasa de una fervorosa declaración de intenciones, en la que nada práctico se llega a concretar.
Eso de que las instalaciones portuarias de Alicante deban jugar un papel preponderante en la Copa del América por su tamaño, ubicación y oferta turística de calidad es un buen texto para un folleto de propaganda, pero poco más. Que se amplíen los amarres en la dársena del puerto, o que se refuerce la enseñanza del deporte de la vela, pueden ser decisiones que complazcan a algunas personas, pero, sinceramente, no sabemos en qué benefician a la ciudad. Quizá Mario Flores, como presidente de la Autoridad Portuaria, nos lo pudiera explicar. Flores ha demostrado tener olfato para los negocios, y es probable que algo de eso se esconda detrás. Ahora, mientras no se aclaren estas cuestiones, convengamos que hablar de la Copa del América como elemento de cohesión territorial resulta más bien forzado.
De haber acudido Francisco Camps a la reunión de Alicante con la cartera repleta de euros, no haríamos ninguna objeción. A esta hora, celebraríamos la lluvia de millones derramada sobre la ciudad y le agradeceríamos al jefe del Consell las inversiones proyectadas. Como no ha sido así, debemos recelar. A los alicantinos nos han engañado demasiadas veces, durante los últimos años, como para no desconfiar de las promesas hechas con facilidad. No digo que Francisco Camps deje de cumplir las suyas, pero es evidente que hemos desarrollado un reflejo condicionado que nos lleva a maliciar.
Si cada vez que un gobernante se ha presentado en Alicante y ha hecho una promesa, hubiera traído consigo el dinero preciso para ejecutarla, los alicantinos viviríamos hoy en una ciudad admirable, que no tendría parangón. Seríamos la envidia de las otras capitales. Tendríamos escuelas, museos, teatros, auditorios, bibliotecas, filmotecas, salas de exposiciones. Habríamos rehabilitado repetidas veces el centro histórico, las vías del ferrocarril estarían soterradas hace años, un hermoso paseo marítimo recorrería la bahía de norte a sur...
Y, en cambio, ya ve usted, señor Camps, qué ciudad tenemos: desaliñada, sucia, sin dotaciones culturales de entidad, falta de colegios, con un urbanismo desafortunado. No nos traiga, por favor, puntos de amarre, ni escuelas de vela, ni barcos de regata. No es lo que más necesitamos, créame. Lo que los alicantinos precisamos con urgencia son buenos gobernantes, personas con sentido común, preocupadas por su ciudad y que no la utilicen para sus intereses. Y eso, por desgracia, me temo que no nos lo puede conseguir ni usted, señor Camps, ni la Copa del América.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003