Fue en un restaurante ya desaparecido, La Semeuse. Durante la sobremesa tuve que acceder a los ruegos de los comensales de al lado, compañeros de oficio. Serían sólo unos minutos, me juraron. Me presentaron con nombre falso a un joven que resultó ser hijo de Jordi Pujol. Casi de buenas a primeras este mozo me hizo saber que si yo no era nacionalista catalán, era nacionalista español. Me reintegré a mi mesa sin frío ni calor, aunque preguntándome qué había ocurrido; hasta que mis compañeros, más tarde, me hicieron saber de quién era hijo aquel Aristóteles. De esto hace siete u ocho años; y de que esta desagradable historia no es apócrifa, hay testigos.
Margarita Rivière, que no es nacionalista, dice que es de bien nacidos "amar la tierra en que se nace o se vive". Amar es una palabra muy fuerte y en el contexto anterior parece afirmarse o al menos insinuarse que si uno no ama su tierra no es bien nacido. Doy por sentado que a la excelente periodista Rivière se le pasó por alto una breve aclaración. "Vi cómo mi madre asfixiaba a siete de sus hijas", ha dicho Souad, una mujer de Cisjordania que salvó la vida por los pelos, aunque "quemada viva" (es el título de su libro) a manos de un cuñado, por un crimen de honor. Souad no añora su tierra, de la que no guarda ningún buen recuerdo. Ya sería masoquismo, amar el lugar donde nació.
En fin, incluso los amores más espontáneos son reversibles gracias al uso intensivo de la inteligencia, con cierta ayuda de la voluntad. Usted puede enamorarse de la noche a la mañana de un señor o señora, pero si la tal persona es idiota y usted no, usted lo descubrirá muy pronto y a partir de ahí, si su desamor no es tan fulminante como lo fuera su amor, minusvalórese. Valdrá usted más que esa persona, pero menos de lo que creía de sí mismo.
Margarita Rivière apunta al que es, en mi opinión, el problema mayor de nuestra época, la seudodemocracia, vía envenenamiento mediático: "Se ha justificado, hasta la exageración en el caso catalán, la pasión nacionalista como reacción a la opresión sufrida. ¿Y si en la realidad real, es decir, la de la gente normal del mundo y de aquí mismo el problema no fuera ni siquiera problema?... ¿Y si finalmente se descubriera que hay intereses específicos en agigantar determinados fantasmas que sólo son eso, fantasmas?".
Sin embargo, el problema está muy enquistado y habría que recurrir a la historia, con muy dudoso éxito a estas alturas. No es que aquí no hubo realmente el prenacionalismo europeo fomentado por la monarquía mercantilista y que terminaría por destruir el absolutismo; es que durante esos siglos, XVII y XVIII, España se aferró al antierasmismo y de ese abrazo no pudo escapar. La no integración Estado-comarca-municipio, propició la perpetuación de un espíritu imperial que aún clama y reclama desde la tumba y aún inspira a algunos gobernantes. Aznar es uno de ellos, lo afirmo sin rencor y sin ira. Hay en él ilustres antecedentes de la España renacentista, pero es agua que ya no mueve molino. Ahora hay que enderezar a España tomando como punto de partida lo que es, no lo que hubiera podido ser. España es un país plural y disperso y sin embargo, con cierto clamor íntimo de unidad en la diversidad. Lo inteligente es reforzar ese sentimiento unitario sin mengua del otro. El patriotismo constitucional a secas, no sirve, es una muralla de ladrillo sin pegamento. No basta con alimentar al niño, hay que nutrirlo con muestras constantes de amor. En el caso de la periferia española, que no es precisamente un niño, el pegamento es un trato en pie de igualdad, que se forjaría, por ejemplo, con una verdadera cámara territorial, un Senado. Entre otras cosas.
Puede, sin embargo, ser tarde. España puede haber creado reyezuelos irredimibles valiéndose de la doble plantilla administrativa y de la manipulación mediática a la que se refiere Margarita Rivière. Así, el victimismo obsesivo encuentra eco hasta el punto de que cuando el régulo de turno truena contra Madrid, su pueblo incluye en la catilinaria al pobre ciudadano madrileño, que sufre una ciudad infernal y ahorra cuanto puede para gastarlo en la costa, por ejemplo, en Gandia. Y que, según ha informado EL PAÍS varias veces (recogiendo informes del BBVA, de Cuadernos de Información Económica y otros) contribuye a la financiación del Estado autonómico con casi tres pesetas por cada peseta del ciudadano catalán y con casi el doble que el balear, por citar las autonomías de ingresos parecidos y altos.
Me fío más de Maragall y del presuntamente independentista Carod Rovira que de Pujol y su mesnada. Pujol es astuto como el hambre y con delirios de grandeza. Maragall aboga por un federalismo que, como están las cosas, puede ser la salida más razonable para España. Hombre culto y buen político, sabe muy bien qué significa el federalismo auténtico, simétrico o asimétrico. Sabe que no es sólo solidaridad, concepto menos claro de lo que parece, al menos en términos políticos. Solidaridad a manos llenas... si de mi solidaridad me beneficio yo también. Si no entiendo mal, eso lo tiene muy claro el nuevo líder de Cataluña. El estado de California -hoy en crisis, pero sólo coyunturalmente hundido en la "miseria"- aporta por sí solo el veinte por ciento de los presupuestos generales del Estado. Dinero que irá a parar, sobre todo, a las arcas de los estados menos desarrollados, que de este modo saldrán del subdesarrollo (relativo) y engrosarán así la lista de la clientela del hermano rico. Con frecuencia, es más rentable que una autopista pase por Alabama que por la puerta de tu casa.
Algo así decía Ernest Lluch. Cohesión social y revitalización del mercado español, he ahí la clave de la transferencia de recursos de Cataluña (y Madrid y Baleares) a las comunidades deficitarias. A cambio de venderles los productos catalanes con la consiguiente creación de empleo en Cataluña. Y como también nos recuerda en EL PAÍS Patxo Unzueta, los conciertos de Navarra y el País Vasco, "los pagamos entre todos", según dijo Rafael Ribó. Por ahí va Maragall y no sólo en lo económico. Hacia una España que sea organismo, no órgano. Continuará, ganas mediante.
Manuel Lloris es doctor en Filosofía y Letras.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003