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Tribuna:EL DEBATE SOBRE EL VALENCIANO

Comida para fieras: la AVL

Uno de los mayores logros de la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL), desde el día en que se constituyó hasta hoy, ha consistido en alcanzar una cohesión interna fuerte, basada, como no puede ser de otro modo, en el consenso. La mayoría de los temas que se tratan en las secciones y comisiones de esta institución se resuelven por asentimiento, así como las votaciones del pleno se dirimen casi siempre por unanimidad. Raramente se presentan votos particulares. Salvar las diferencias que, debido a su procedencia, han podido mantener unos y otros, ha requerido un esfuerzo y una generosidad que, sin duda, son mérito de todos los académicos.

Debido al mayor conocimiento mutuo, al intercambio de puntos de vista, al hecho de compartir tareas y de asumir objetivos comunes, a medida que transcurre el tiempo se percibe que los académicos se sienten cada vez más independientes de sus respectivos grupos de origen o de referencia, cuya presión en algunos casos ha sido y sigue siendo muy fuerte, para reconocerse cada vez más como miembros de una entidad que responde a otras características: es institucional, es plural y en su seno se producen discursos distintos a los que era habitual oír en cada grupo de procedencia. Aceptar esta diversidad compleja no es sino aceptar la realidad misma.

Pero, a pesar de su ponderada cohesión, la AVL es una institución muy frágil y manipulable. Continuamente nos sorprendemos de ser protagonistas de crisis que ni deseamos ni propiciamos, y que nos empujan a definir hasta el cansancio cuál es nuestro trabajo. Demasiadas veces somos víctimas del fuego cruzado que alientan ciertos sectores, bien sea algún que otro académico tan lenguaraz como ingenuo e irresponsable, bien algún periódico que siembra a nuestro alrededor un campo de minas a la menor ocasión, o bien algún político en el ejercicio del gobierno que, sin tener en cuenta la opinión de esta institución que la Generalitat creó también para servir de colchón en la cuestión de la lengua, como han repetido mis paisanos Vicent Franch y Joan Garí en estas mismas páginas, hace proposiciones tan virtuales como absurdas para tratar de frenar de ese modo el acoso a que muy probablemente se halla sometido por algunos de sus correligionarios inmunes a nuestra pedagogía.

En cualquier caso, es injusto tratar a la AVL como si fuera el felpudo en el que restregar el fango de los charcos que se pisan cuando el camino se embarra y se convierte en un lodazal. Parece más razonable plantear juntos una buena solución que todos podamos compartir, y salvar de ese modo el fuego de los francotiradores, sin suscitar crisis innecesarias ni volver a avivar el rescoldo de la división social de los valencianos con el pretexto de la lengua. Deseamos, pues, que unos y otros nos dejen en paz, así como que nuestros conocidos gargantas profundas rompan las cuerdas de marioneta que les unen a sus ventrílocuos, convencidos de que la afonía consciente, más que una dolencia, es una característica propia de las personas adultas.

Como es sabido, el último trance que hemos vivido en la AVL lo ha provocado, como todos los anteriores, una indiscreción que, en manos de un insensato, nos ha retrotraído a escenarios de hace al menos diez años, con pintadas irredentas que han ensuciado el escaparate de la nueva librería universitaria en la víspera de su inauguración. Después hemos asistido a ese episodio cómico de opereta cuyo argumento proclama la futura enseñanza del valenciano en las escuelas oficiales de idiomas donde ya se imparte catalán. De nuevo, cortinas de humo que, según quién lo huele, se convierte en gas lacrimógeno. En consecuencia, me temo que el próximo pleno de la AVL apruebe una nueva declaración unánime en la que se reclame lo de siempre: que se nos deje trabajar tranquilos y que no desestabilicen nuestra frágil aunque pertinaz cohesión mediante injerencias poco convenientes.

Por lo demás, aunque del valenciano nos preocupa sobre todo su uso, también deberemos afrontar en el momento que consideremos oportuno la descripción de su filiación, definida en el preámbulo de nuestra ley mediante aquel circunloquio tan enrevesado del dictamen del Consell Valencià de Cultura, que parece un galimatías, sin que ello afecte a su denominación estatutaria. Pero téngase en cuenta que el sistema lingüístico común que compartimos valencianos, catalanes, baleáricos, andorranos, etc., también debe denominarse integrando nuestro gentilicio en esa nueva designación aglutinadora que algunos pretendemos, so pena de que, en caso de no hacerlo, por una cuestión de nombres nuestra seña de identidad como valencianos quede diluida, como de hecho también sucede en las escuelas oficiales de idiomas, bajo la denominación de catalán, donde por cierto no es posible enseñar valenciano y catalán de modo separado, sino solamente al mismo tiempo y bajo una denominación conjunta y común, aunque se describan sus ocasionales diferencias, como sucede en la enseñanza de cualquier lengua y los dialectos que la conforman.

Sepan unos y otros que también en esta cuestión prevalece un consenso general en el seno de la AVL. Lo demás son operetas virtuales, imposibles de representar, como muy bien saben sus argumentistas porque tienen, cuando menos, el graduado escolar y son gente que viaja. Y no se preocupen: llegado el caso, transmitiremos directa o indirectamente este mismo mensaje a los nuevos vecinos del norte, porque tras la resaca electoral viene muy bien pisar suelo firme. Por coherencia, este discurso, que en general todos suscribimos, es el que hemos pregonado aquí y allá y el que mantendremos. No hay otro camino. Nuestro orgullo de valencianos no tiene por qué abocarnos al ombliguismo. Lo demás nos convierte, a la AVL, en comida para fieras.

Josep Palomero es vicepresidente de la Acadèmia Valenciana de la Llengua.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003