El asesino de John Lennon aseguró que el libro El guardián entre el centeno había tenido una gran influencia en sus actos y que, incluso, había seguido horas antes, paso a paso, las correrías neoyorquinas de su protagonista. No es extraño tampoco que los iluminados, fundamentalistas cristianos y judíos, acudan a la Biblia para explicar por qué masacran a sus enemigos. Lo que no ocurre casi nunca es que el juez que examina estos delitos pida un ejemplar de la novela de Salinger o una buena traducción del Antiguo Testamento para comprobar qué hay de cierto en esas explicaciones. Por eso resulta tan raro que el juez de Barcelona que dilucida si el imán de Fuengirola ha cometido un delito por aconsejar que se propinen malos tratos a las mujeres haya pedido tres ediciones distintas del Corán. ¿Para qué?
¿A qué viene discutir en un tribunal español el significado en el Corán de la palabra daraba? ¿Qué importa lo que signifique? A mí, de pequeña, me aseguraron que cuando el Cantar de los cantares hablaba de una "camellita casquivana" se refería en realidad a la Santa Madre Iglesia. Y cualquiera que haya leído el Antiguo Testamento sabe que nuestro dios recomendaba también en su época unas cosas terribles.
Parece mucho más indicado sacar el Corán de los tribunales y llevar, en cambio, el debate sobre el islamismo en la sociedad española a otros muchos foros. Quizás es mucho pedir que el ministro del Interior, Ángel Acebes, haga como su colega francés, Nicolas Sarkozy, y acepte debatir en la televisión pública con un representante de la comunidad musulmana, sector radical. Sarkozy, que es un magnífico polemista, aceptó incluso debatir al mismo tiempo con el teólogo musulmán, con un alcalde socialista y con el ultraderechista Jean Marie Le Pen. ¿Alguien imagina al ministro de Justicia, José María Michavila, discutiendo en televisión siquiera en solitario con el pacífico Josu Jon Imaz? Pues aunque todos estemos seguros de que eso es algo imposible, en realidad no existe razón ontológica alguna que lo impida. Es simplemente una costumbre del PP.
Ni tan siquiera sería justo acusar específicamente a Michavila o Acebes. Para debatir es necesario tener costumbre y está claro que esa tradición (¿tal vez porque creen que es francesa?) ha desaparecido de cuajo de los hábitos del PP.
Es conocido que una de las maneras más eficaces de adormecer a una sociedad es no debatir de nada. Casi todos los políticos españoles, incluidos los de izquierda, han sido muy aficionados a estas técnicas pero, dado que el PP ha alcanzado el grado más elevado de perfección inmovilizadora, no queda más remedio que acudir a otros agentes sociales para pedirles que intenten rescatar el debate en general y el debate sobre el islam en España, en particular. Porque lo más increíble de todo es que España tiene, además, un escenario extraordinario para comprobar las posibilidades de éxito de lo que ya se llama el "euroislam" y que tanto defendió el otro día Sarkozy en la televisión francesa: Melilla.
Aproximadamente un 36% de los 69.000 habitantes de Melilla tienen apellidos marroquíes y la cifra no hace más que aumentar. En 2001, de cada 100 nacimientos, 75 respondieron a apellidos de procedencia marroquí. Pero como los cristianos de la ciudad han decidido que lo mejor que les puede pasar es no llamar la atención no sólo de Marruecos sino, sobre todo, del resto de los españoles, y como el Gobierno comparte esa teoría, van pasando los años, por ejemplo, sin que uno solo de los musulmanes españoles (excepto un pequeñísimo puñado de maestros) consiga integrarse en la Administración de la ciudad autónoma. Y lo que es mucho peor, sin que absolutamente nadie haga algo por evitar el apabullante fracaso escolar de los niños que tienen el tamazight como lengua materna: el 52% llega a los 16 años sin los conocimientos mínimos para alcanzar el título básico. Es entre esa población española musulmana donde se debería hacer el mayor esfuerzo de arraigo del "euroislam"; menos preocuparse por el Corán y más ocuparse de Melilla. Pero ya se sabe que el que todos los hombres y mujeres vivan bajo el mismo cielo no significa que tengan el mismo horizonte ante ellos.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003