Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Siguiriyas en la sinagoga

El contratenor judío marroquí Emil Zrihan edita en España su disco 'Ashkelon', "un puente para la paz"

Nació en Marruecos (Rabat, 1954), es de origen sefardí y judío de religión, vive en Israel, canta en la sinagoga de Ashkelon y muere con el flamenco, que aprendió de niño, cuando oía cantar a Antonio Molina y a Joselito en las radios de sus vecinas españolas que lavaban en el río los domingos. Se llama Emil Zrihan, es uno de los mejores contratenores del mundo y, como todo se pega, su voz y su físico son una mezcla entre José Menese y Joselito: en Israel le llaman El Ruiseñor. Acaba de venir por primera vez a España, donde ha editado su muy recomendable Ashkelon (Partenope), y ha interpretado los cantos litúrgicos hebreos y musulmanes en sinagogas y salas de conciertos de Madrid, Toledo, Málaga, Valladolid y Palma.

Su música, que combina la intensidad de la improvisación árabe, los ritmos y las letras de la liturgia judía y la inspiración flamenca, es arte de alta densidad política: "Es un puente para la paz, un intento de demostrar que las tres culturas (cuatro, si contamos la gitana) se pueden entender y vivir en armonía".

Venir a España ha sido para Emil Zrihan como un regreso a las raíces, "una vuelta al vientre de mi madre". A pesar de que no habla la lengua, "la prueba de que estoy en casa es que he temblado cada noche antes de los conciertos; cuando canto en otros sitios siempre me preguntan si soy español, y yo contesto que casi, y que además tengo un mánager que se llama Pérez".

En efecto, Avi Pérez está a su lado, pero debe ser un Pérez francés porque traduce a esa lengua desde el hebreo (un idioma muy sonoro y lleno de jotas) lo que dice Zrihan: "Mi familia sefardí se fue a Marruecos cuando los echaron de España, y allí vivieron hasta 1963, cuando se puso de moda lo de 'el año que viene en Jerusalén'. Había unos 150.000 judíos entonces en Marruecos, y muchos, más de la mitad, nos fuimos a Israel. Vivíamos sin problemas mezclados con los árabes, teníamos sinagogas, desarrollamos nuestra cultura... Antes de los bereberes ya había judíos en Marruecos. Y con la música pasó lo mismo: siguió siendo la misma, sólo tradujimos las palabras árabes al hebreo. Luego, cuando decidí renovar las canciones judías, fue muy cómodo coger la música española y utilizar las letras de la Biblia".

Para eso cuenta con instrumentos y músicos árabes, judíos y occidentales (darbouka, oud, violín, acordeón, violín) y sobre todo con el guitarrista flamenco israelí Baldi Olier, que se templa por soleá y por siguiriyas como un jerezano. Varios temas de Ashkelon empiezan como palos clásicos del flamenco y tienen letras que parecen del romancero, pero Zrihan los lleva a su estilo, improvisando en el estilo mawal del norte de África para desencadenar un alegre estallido de ritmos pegadizos y trinos inacabables. "Cambian cosas, sí, pero la raíz sigue siendo española. Hago partes en hebreo y otras en árabe. Toda esta música tiene una raíz común: surge de la pobreza, de la miseria, de la gente que sufre. No es música de reyes, sino de gente que llora. Y sirve para olvidar las penas".

Pero Zrihan le ha dado un sentido religioso a ese sentimiento laico que él descubrió en Rabat cuando era niño: "Las vecinas españolas me daban dinero para que cantara por Joselito: salían a las ventanas, me tiraban la pasta y yo cantaba un poco y salía corriendo".

De ser el Joselito israelí al cantor de la Sinagoga de Ashkelon, donde actúa en cada celebración santa, hay un trecho largo que él considera natural: "Mi canto significa paz, amor y paciencia. Todos tenemos un solo Dios. Esta música viene del corazón y es obvio que yo le he dado un sentido religioso, pero todo mi rezo es flamenco".

Lo importante para Zrihan es su tarea, la misma que hace Daniel Barenboim: "Los dos tenemos mucha armonía con el mundo árabe. Conocemos la música siria, egipcia... ¡Es la misma que la judía! Los árabes son nuestros hermanos. Muchas mujeres árabes han criado a niños judíos, y al revés. Para mí, el mejor vecino que puedo tener es un árabe. El único problema es la política. Si esta historia dependiera de los artistas, no habría conflicto".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003