Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Otros yoes

El escritor y académico sueco Per Wästberg, que presentó anteayer a John Maxwell Coetzee en la entrega del Premio Nobel de Literatura, destacó del escritor surafricano el "haber dado voz a quienes están fuera de la protección de lo divino (...) a los silenciados y a los desposeídos". "Se apiada de otros yoes", señaló. Wästberg se refería a esos personajes de las novelas de Coetzee que, en los límites de lo humano, son víctimas de la violencia racista, de la injusticia social, de la miseria colectiva o de la doble moral. Pero, también, si sus palabras incorporaban con precisión y en su totalidad el contenido ético de la obra del Nobel, había de estar refiriéndose a todos aquellos individuos no humanos, los animales de otras especies, sometidos a la crueldad sin límites del especismo antropocentrista.

Pues en su novela-ensayo Las vidas de los animales (Ed. Mondadori), Coetzee se apiada de esos otros yoes a través de ese trasunto del escritor que es Elisabeth Costello, su personaje principal. Para escándalo de casi todos, esta vieja escritora compara la cruel situación de los animales en las instalaciones de explotación industrial, en los mataderos o en los laboratorios de experimentación con la de los confinados en los campos de exterminio del holocausto nazi. Por fortuna, un premio como el Nobel viene, si no a ratificar, al menos a contemplar tan escandalosas y certeras posiciones. Porque, lejos de una lectura simplista, Coetzee está hablando de un estado de pecado, de una cierta enfermedad del alma humana. Y, tanto cuando escribe sobre el apartheid en Suráfrica como cuando lo hace sobre esa "empresa global de degradación, de crueldad, de matanza" animal, está apelando a la compasión, no sólo en su sentido judeocristiano sino en el estrictamente etimológico del sentir con. Cuando compara las granjas avícolas y la vivisección con los campos de exterminio, cuando considera el trato a los animales no humanos ni siquiera como a objetos, sino como a auténticos prisioneros de guerra, es porque le horroriza que, en ambos casos, los verdugos se nieguen a la compasión, a imaginarse en el lugar de las víctimas. De los otros yoes.

El 10 de diciembre de 1948 fue aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El sexo, el color de la piel o el grado o tipo de inteligencia no podían justificar la explotación de los seres humanos. Independientemente de la parcial o inadecuada aplicación de estos derechos, la Declaración marcó el principio de una nueva era moral y simbolizó el triunfo de la justicia. En 1998, la misma fecha instauró el Día Internacional por los Derechos Animales, que este año se celebra por primera vez en España y que reivindica la extensión de aquellos ideales de 1948 a todos los seres con capacidad de sufrir y disfrutar: poseer el derecho a la vida, a la libertad o a no padecer tortura se deriva de esa capacidad de sentir que compartimos todos los animales. Hasta hoy, sólo hay al respecto tibias declaraciones de intenciones de la ONU o la Unesco pero no existe una auténtica Declaración Universal de los Derechos Animales; y en España, el país de la tauromaquia, sólo Cataluña aprobó recientemente una esperanzadora aunque limitada Ley de Protección Animal. Pero el especismo, la idea de que los intereses de un animal pueden ser minusvalorados simplemente en función de su especie, resulta tan reprobable como cualquiera de aquellas otras discriminaciones arbitrarias.

Mañana se celebrará en Madrid una manifestación que saldrá a las doce del mediodía de la plaza de Tirso de Molina y que ha sido convocada por la Plataforma para la Defensa de los Animales, en la que se agrupa un gran número de asociaciones y particulares que trabajan por la consecución de estos derechos. No es probable que John Maxwell Coetzee esté allí pero, en el espíritu ético de cada una de las personas que acudan, sí estará su personaje Elisabeth Costello, esa escritora crítica con la razón tendenciosa del pensamiento humano, escandalosa porque denuncia el mal. Les sugiero, pues, con esta doble ocasión del Nobel y el Día Internacional por los Derechos Animales, que lean Las vidas de los animales, "que lean a los poetas que devuelven el ser vivo y electrizante del lenguaje". Y, como Elisabeth Costello, "si los poetas no les conmueven, les apremio a caminar junto al animal que será precipitado por el túnel hasta su verdugo". Junto a esos yoes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003