Japón ha anunciado el próximo envío de tropas a Irak en la que será su más ambiciosa misión militar desde la II Guerra Mundial y, como tal, llamada a conmocionar a una sociedad que ha abrazado constitucionalmente el pacifismo. Por dos veces en los últimos meses, tras la aprobación del Parlamento, el primer ministro, Junichiro Koizumi, se ha vuelto atrás en el último minuto. Una, después del atentado contra la sede de la ONU en Bagdad; la segunda, tras un hecho similarmente brutal contra el acuartelamiento de los Carabineros italianos. El jefe del Gobierno ha anunciado esta vez la decisión inmediatamente después del funeral de Estado por los dos diplomáticos japoneses recientemente asesinados en el norte de Irak.
Su Constitución prohíbe el mantenimiento de un ejército, pero Japón vive en este terreno un eufemismo histórico desde hace casi sesenta años. Sus Fuerzas de Autodefensa engloban a casi un cuarto de millón de soldados equipados a la última, pero sus blindados, sus barcos de guerra y sus aviones de combate están disfrazados con nombres vergonzantes que ocultan sus capacidades reales. El contingente que será despachado a Irak -entre 600 y 1.000 soldados, también bajo el disfraz de no combatientes- será el más contundentemente armado desde que la potencia asiática iniciara hace una década el envío de fuerzas a misiones exteriores.
La decisión sobre Irak es trascendente desde cualquier punto de vista. No sólo explicita un cambio necesario del Gobierno nipón para asumir desafíos militares en consonancia con su poderío económico y político, pues la contribución japonesa a las operaciones pacificadoras de la ONU ha sido siempre básicamente financiera y logística. Tokio también asume las implicaciones de su alianza esencial con Estados Unidos. Por simbólico que sea el contingente japonés -inferior al español-, para Bush representa una victoria diplomática que el país que formalmente ha renunciado a la guerra envíe sus tropas a colaborar en una ocupación.
Koizumi ha explicado a sus conciudadanos, masivamente opuestos al envío de tropas a Irak, que los ideales y la voluntad de Japón como nación están siendo cuestionados. "No estamos ya en una situación en la que podamos limitarnos a contribuir con dinero", ha dicho. Un entorno cambiante, dominado por el imparable ascenso chino y la directa amenaza norcoreana, tampoco es ajeno al giro que representan soldados nipones desembarcando por vez primera en una zona de guerra sin vestir el casco azul de Naciones Unidas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003