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COLUMNA

Paseos otoñales

Me gusta caminar sobre las hojas muertas. Y mirar hacia lo alto y ver las ramas desnudas, el esqueleto del árbol, el paso previo a su abstracción. Monet se ha derramado por el suelo, en una sinfonía parduzca que bien puede flotar sobre el agua, y rayando el cielo se nos abre paso Mondrian. Sabemos que en el origen de su pintura espacial estaba el árbol del invierno, y que su abstracción, tan urbana, tuvo sus raíces en la tierra. Pero a mí no me gusta la abstracción, y siempre realizo el camino inverso, hasta llegar al árbol, su soledad desnuda y su pletórica abundancia. Así, mientras camino sobre las hojas muertas, me pregunto por la privacidad. Y se me ocurre que es justo lo que se sustrae a lo institucional. No a lo público, que es lo que habitualmente se le suele considerar antitético, sino a lo institucional.

Robert Musil, en un ensayo sobre la nación, afirmaba que "democracia no es señorío del demos, sino de sus organizaciones parciales". Una afirmación de esta índole no cuestiona la democracia, pero sí la soberanía popular sobre la que aquella dice fundarse y que no es sino su mito constitutivo. No hay tal soberanía popular, en realidad no hay soberanía de ningún tipo que pueda encarnarse en las instituciones, pues poder y soberanía no son lo mismo. La soberanía se asienta en lo gratuito, se expone, y nada tiene que ver con lo que está ordenado para superar la necesidad. Soberano sólo puede ser el individuo, más allá de sus derechos y deberes, en lo que tiene de irreductible. Quizá no sea otra cosa el ser moral tal como lo entiende Bauman: "ser moral significa estar obligado a elegir en medio de una aguda y dolorosa incertidumbre". Frente a las seguridades que aporta la ética, el ser moral se pone en juego, y acaso la soberanía no sea más que el fondo de ese ponerse en juego. Ya ven a donde me conduce mi caminar y en qué se resuelve mi pregunta sobre la privacidad. ¿Se le ofrecen hoy al individuo posibilidades de ejercer su soberanía?

Sí, a pesar de que la institución lo abarque casi todo. Queda siempre el reducto de una conciencia en celo, esa llamada interior de alerta que es el presente vivo de la soberanía. Y me digo si será a eso, ni más ni menos que a eso, a lo que tengo que denominar mi privacidad, que, entendida de esta forma, distaría de ser una figura jurídica y escaparía al simple plano vital de lo que ocurre en mi ámbito emocional y doméstico. Mi privacidad se da también -es donde realmente se hace manifiesta- en la esfera de lo público. Y prosigo preguntándome si habrá algún terreno perteneciente a este último que haya de ser el propicio para la expresión de la privacidad, de la soberanía del individuo. Mi reflexión vacila sobre la vereda cubierta por las hojas muertas y sé que la única respuesta, a la que vuelvo una y otra vez, puede ser cuestionable: el terreno que es el propio para la expresión de la soberanía, de lo irreductible, es la cultura.

Ahora bien, ¿no es también la Cultura -con mayúscula- una institución? Evidentemente sí, hasta el extremo de que no resulta insólito escuchar que sólo como institución se hace hoy posible. Incluso invocamos a ésta para que la salve de la voracidad del mercado. Institución y mercado, sin embargo, no agotan la cultura por más que intenten apropiársela. Tratarán de dirigirla, acotarla, darle nombre, pero se les escapará siempre en la medida en que el individuo pueda hacer uso de su soberanía. Ante el Congreso Internacional de escritores celebrado en París en 1925, Robert Musil declaró lo siguiente: "Hoy la política no va a la cultura a por fines, sino que los lleva puestos y los despacha ella". Es cierto que en la actualidad la intervención es más sutil y que se presenta disfrazada de una libertad que es sólo aparente. Se nos ofrece bajo el aspecto neutral y benefactor de la Institución, pero ésta no es sino la otra cara del mercado, del que parece librarnos. En la absorta contemplación de las ramas desnudas, me pregunto cómo salir de este atolladero y me digo que la soberanía del individuo no necesita resistir, sino manifestarse, ejercitarse. ¿Con la contrapartida del silencio? En absoluto, pues ni en el terreno de la moral ni en el de la cultura cabe silencio alguno. Hasta los dictadores lo saben.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2003