La Fenice, el teatro de ópera de Venecia, reabrió ayer sus puertas con toda pompa. Para los no habitués del lugar, sólo un intenso olor a barniz y algún detalle menor, como el brillo excesivo de las lámparas de cristal, delataba la obra nueva. El resto parecía llevar allí toda la vida: las molduras, los estucos, la yesería recubierta de lámina de oro (se han empleado 5.000 metros cuadrados), los putti (angelotes) del techo. Ni una mala placa recuerda la jornada histórica de ayer, en que La Fenice consiguió volver a ser lo que había sido y en el mismo lugar en que fue edificada en 1792. Volvió a repetirlo el alcalde veneciano, Paolo Costa, en el único discurso que precedió al concierto con el coro y la orquesta del teatro dirigidos por Riccardo Muti: "La pesadilla ha concluido". Una pesadilla que ha durado ocho años y de la que los únicos responsables, para la justicia italiana, fueron dos electricistas, que provocaron intencionadamente el fuego para no tener que pagar la penalización por el retraso en los trabajos que realizaban.
Pero ayer todo eso quedó borrado de un plumazo. Fue una inauguración discreta, sin grandes aspavientos, nada que ver con el barroco inicio de las temporadas de La Scala. El presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi, llegó un cuarto de hora antes del inicio del concierto. No acudió el presidente del Gobierno, Silvio Berlusconi, por hallarse en la cumbre de Bruselas, pero sí siete de sus ministros. De España, entre las asistencias confirmadas por la oficina de prensa, figuraban las hermanas Ana y Loyola de Palacio -que este enviado especial no logró localizar- y el presidente del Grupo Socialista en el Parlamento Europeo, Enrique Barón. Dos cuadros de gran tamaño de su mujer, la pintora Sofía Gandarias, que representan a María Callas, están colocados en el foyer del quinto piso.
El programa que Muti ofreció en la sesión inaugural careció de riesgo. Si de lo que se trataba era de borrar toda idea de novedad, de hacer olvidar por todos los medios lo ocurrido, a fe que las obras escogidas lo consiguieron. Tras el himno nacional cantado a pleno pulmón por el coro, abrió La consagración del hogar, que Beethoven escribió para inaugurar un teatro vienés. ¡Qué tiempos aquellos en los que las aperturas de los teatros se celebraban con estrenos de los creadores del momento! La pieza de Beethoven, claro homenaje a Haendel, es todo un clásico para este tipo de circunstancias. Siguió a esa pieza un conjunto de obras íntimamente ligadas a Venecia. En primer lugar, la Sinfonía de los salmos, de Ígor Stravinski. Fue ésta la parte en que la capacidad para el matiz de Muti se puso brillantemente de manifiesto. Los contrastes tímbricos y los abruptos cambios de volúmenes exigieron la máxima atención de instrumentistas y coristas, que acabaron superando la prueba con nota alta.
La segunda parte estuvo marcada por la rutina. El Te Deum del compositor barroco veneciano Antonio Caldara sonó apagado y los solistas, colocados detrás de la orquesta, se escucharon francamente poco. Cerraron la velada dos marchas de Richard Wagner, que en esta ciudad vio el fin de sus días. Ambas obras, de escaso interés intrínseco, sirvieron para poner a prueba la acústica de la nueva sala. Fue, pues, una velada intensa: más desde el punto de vista emocional que propiamente musical.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de diciembre de 2003