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Reportaje:

"Sólo oía gritos y llantos"

Un superviviente cuenta el naufragio que costó la vida a 37 inmigrantes en Rota

A Brahim Ghali se le enrojecen los ojos y se le saltan las lágrimas cuando habla de su hijo Jalid. "Lo intenté sobre todo por él, para poder pagar el costoso tratamiento que necesita", cuenta sentado en un cafetín popular de Salé, la gran ciudad pegada a Rabat. Jalid, de 12 años, está gravemente enfermo y no recibe medicación alguna.

"En la situación en que estábamos, no había nada que hacer. Solo tener confianza en Dios"

Ghali, de 38 años, casado y padre de cuatro hijos, intentó hace mes y medio emprender una nueva vida en España, cerca de Almería, donde reside un hermano suyo. Embarcó en una zodiac con otras 60 personas que acabó naufragando el 25 de octubre frente a Rota (Cádiz). Él es uno de los cinco o seis supervivientes, según las versiones, de la mayor catástrofe de la inmigración clandestina en aguas españolas. En los días posteriores fueron recuperados 37 cadáveres, pero, a juzgar por el testimonio de Ghali, el número de muertos debe rondar los 55.

Localizar a Ghali, en una barriada de chabolas de Uad Tahab (Río de Oro), en Salé, y convencerle de que aceptara narrar el drama que vivió ha resultado harto difícil. Como tantos otros emigrantes teme que, si su nombre se da a conocer, las autoridades le apliquen la ley que prevé hasta un año de cárcel o 950 euros de multa para los que salen ilegalmente del país.

Sólo tras una larga mediación de Jalil Jemaa, de la Asociación de Amigos y Familiares de las Víctimas de la Inmigración Clandestina, accede a hablar.Ghali tiene fundadas razones para estar asustado. De camino hacia su barriada, un automóvil blanco de marca Renault sigue al vehículo en el que el periodista y el mediador van a la cita.

Los 60 emigrantes habían zarpado sobre la una de la madrugada desde una playa, cerca de Larache, y llevaban ya 17 horas navegando cuando, poco antes de caer la noche, el mar se embraveció. "Lo empezábamos a pasar mal cuando apareció por allí un gran barco [el carguero Focs Tenerife] que nos quiso rescatar", recuerda Ghali. "La mayoría de los pasajeros no querían ayuda". La única mujer de la expedición fue la más vehemente. "Nos decía que estábamos a unos pocos metros de la costa española, que ya se veían las luces", prosigue Ghali. "Insistía en que ahora que estábamos tan cerca no había que darse por vencidos". La joven, de unos veinte años, murió poco después ahogada.

El rais, como llama Ghali al patrón de la zodiac, había sorteado con pericia las olas "hasta que llegó una del tamaño de un camión". "Volcó la embarcación y yo me encontré debajo, con la cabeza pegada al suelo de la barca, mientras agarraba con mi mano un objeto de goma que, a su vez, estaba enganchado al casco". "Con la mano libre me esforzaba por quitarme de la cabeza la capucha de mi chaquetón para poder nadar cuando, de sopetón, otra gran ola enderezó el barcucho".

En la zodiac, de nuevo boca arriba, Ghali se encontró con otros dos compañeros de infortunio y entre todos ayudaron a un tercero a subir a bordo. "No se oían gritos de auxilio de los demás", recuerda. "Sólo el ruido ensordecedor de las olas quebrado por los chillidos y llantos" de los cuatro últimos pasajeros de una embarcación que, al ritmo de las olas, se alejaba y se acercaba a la costa.

"Les dije que debíamos tranquilizarnos, que en la situación en la que estábamos no había nada que hacer, que debíamos tener confianza en Dios", rememora Ghali, que era ya un hombre piadoso y que ahora lo es mucho más. Inclinándose de un lado o de otro de la zodiac sin motor consiguieron, sin embargo, que ésta fuese a parar, en plena noche, a una playa.

A esa playa también llegaron a nado, según cree Ghali, otros dos náufragos. El superviviente tiene recuerdos algo confusos de sus primeras horas en tierra firme. "Los cuatro caminamos bastante tiempo sin rumbo, con la ropa destrozada y los pies doloridos", afirma. "Estábamos reventados. Pedimos comida en un restaurante y nos la dieron. Más tarde nos entregamos a una patrulla". Debía de ser de la policía, porque, recapacita, "llevaban uniformes azules". "Lo hice porque en aquel momento creo que perdí la cabeza. Ya no quería estar en España ni lograr el trabajo bien pagado que dicen que hay en Almería. Sólo pensaba en volver a casa".

Los policías "nos dieron patatas fritas y agua y nos condujeron primero a Cádiz, donde nos suministraron ropa limpia, nos tomaron los datos y nos interrogaron sobre el patrón de la embarcación", señala Ghali. "Al cabo de dos días nos llevaron a Algeciras y de allí a Ceuta", encerrados en una furgoneta en la bodega de un ferry. La aventura acabó en la frontera, donde fueron entregados a la policía marroquí. Ésta "nos trató bastante mal y llegó incluso a golpear a alguno de nosotros".

Ghali regresó a su chabola de Salé, sin luz ni agua corriente, convencido de que Alá, al que invoca constantemente, le ha dado "una segunda oportunidad de que vuelva a vivir y saque adelante a los hijos". El que más le preocupa es Jalid, un chaval apocado que no puede hacer esfuerzos físicos ni intelectuales, hasta el punto de que los maestros le pegaban porque no retenía las lecciones. "Fuimos al colegio a explicarles que estaba enfermo", precisa el superviviente.

5.500 euros para el médico

Sus padres no saben qué extraño mal padece. La madre, con un hiyab negro en la cabeza, enseña unos análisis de sangre, pero no posee ningún diagnóstico. "El médico nos preguntó si teníamos seguro", afirma, "y, cuando le contestamos que no, nos dijo que no merecía la pena que nos contara lo que tenía nuestro hijo, porque carecíamos de medios para curarle". El tratamiento cuesta, según ella, unos 5.500 euros. "¿Cree usted que alguien nos podrá ayudar en España?".

Los ingresos de Ghali apenas dan para mantener a sus cuatro hijos. Todavía no ha empezado a devolver los 1.450 euros que pidió prestados para viajar a Almería. "He vuelto a ir, aquí en Salé, a las siete de la mañana, a una plaza donde los contratistas de la construcción acuden en busca de albañiles", señala el superviviente. "Pagan 75 dirhams al día [7 euros] por entre siete y nueve horas de trabajo. Pero no todos los días te contratan. Vives siempre angustiado".

¿Volvería a intentar la travesía? Ghali mira a sus cuatro hijos, de entre 5 y 13 años, pegados al televisor en blanco y negro, el único "lujo" de la chabola, alimentado por una batería. "Sí, claro, pero quisiera hacerlo de forma más segura", contesta. "Un vecino me recomendó, en septiembre, a un transportista [traficante de seres humanos] con el que me dijo que no corría ningún riesgo porque tenía mucha experiencia. Se equivocó. Ahora tengo que encontrar a otro mejor".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de diciembre de 2003