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DON DE GENTES

Haciendo la calle

Hacer la calle no es tan fácil, aunque se conoce gente. Y además se ha puesto tan imposible con Isabel Pantoja, que una se ha convertido en una incondicional suya.

EL OTRO DÍA HICE LA CALLE. Sólo fueron dos horitas, de seis de la mañana a ocho, pero me hice una idea de lo que es el oficio. ¿Que por qué me la hice (la calle)?, pues yo qué sé, chica. Por diversificar. Porque el día de mañana -un poner- no me como un rosco con esto del articulismo y tengo otra salida profesional. Poquito a poquito, tacita a tacita, hay que ir haciéndose con un currículo de repuesto. Ahora que yo, entre el mundo del articulismo y hacer la calle, ¿qué quieres?, me quedo con lo primero. Más que nada por los inconvenientes de la intemperie. La intemperie es muy cabrona. La mañana que me levanté a las seis para hacer la calle caían chuzos de punta. Mi santo me dijo desde la cama: "Anda que también tú, eliges unos días para hacer la calle...". Me sentó como un tiro, porque creo que si para algo tienen que servir las parejas es para animarte en tus proyectos profesionales. Así mismo se lo dije mientras me vestía a oscuras, para no molestarle con la luz, y como él no decía ni sí ni no, añadí: "Que sepas que hay muchas parejas que se rompen porque uno de los dos no se siente respaldado". No te creas que me respondió. Él nada más que durmiendo y durmiendo. Es un hombre que a las seis de la mañana está como muerto clínicamente, por decirlo mal y pronto. "Hala, hijo, ahí te quedas, con tu sangre de horchata", y dicho esto, me puse el plumas, porque para hacer la calle no puede salir una de cualquier manera, y me tiré a la esquina. A pillar un taxi. Conste que podría haber hecho mi propia calle; de hecho, los de Gallardón me dijeron que eligiera la calle (¡qué equipo más liberal!), pero no mola hacerte tu propia calle. ¿Qué hubieran pensado de ello mi propio portero, mi quiosquero, mi boticario, si me ven haciendo la calle? Se les caería el mito. Podía haber elegido Moratalaz, pero yo sé que allí hay mucha gente que está deseando que caiga de la cumbre. No voy a darles ese gusto. En una ocasión, Mick Jagger dijo aquello de: "¡Qué solo se está en la cumbre!", y un periodista le respondió: "Pues ven y ya verás lo apretados que estamos aquí abajo". Me hice la calle Condes de Barcelona. Vamos, yo sólo miraba, la que barría era Marcia, una barrendera ecuatoriana que me enseñó cómo se cogía el cepillo, lo que se hace con las bolsas, lo que se hace con los bichos muertos, lo cochina que es la gente, lo duro que es recoger las hojas en otoño y los paquetes de regalos del mítico Papa Noel. Y mientras nos hacíamos la calle, nos llovía y nos llovía, y empezaban a abrirse las tiendas y salía el olor a churros de los bares. Yo pensaba: "Si no fuera por lo helados que tengo los pies, pensaría que estoy soñando". Escuchaba a Marcia contarme su historia, cómo eso de ser barrendera y limpiar nada menos que la glorieta de Atocha le parecía pan comido después de haber trabajado en la tierra en Ecuador. "Hay que adaptarse", me decía. Y yo pensaba: "Cómo coño me adaptaría yo si de pronto me viera en otro lugar del mundo, sin nada. Sin saber, como sabe la Pantoja, por ejemplo, hacer un pollo, que es una forma de buscarse otra salida profesional". Por cierto, que todos estos comentaristas de la carnaza han conseguido un objetivo inesperado: me he hecho fan de la Pantoja, pero fan de las acérrimas. Vamos, que soy capaz de partirme la cara por ella. Y eso sin ser bollo, que tiene más mérito. A mí la Pantoja me chupaba un pie en illo tempore, pero ahora voy con ella a muerte. Estoy escribiendo un manifiesto de apoyo en el que ya tengo apuntados a escritores, periodistas, un académico (de momento) y Carmen Alborch, que me dijo que sí. Me la encontré en la presentación de un libro de Borau, Navidad, horrible Navidad. Yo le dije: "Alborch, ¿qué te has hecho en el cuerpo?", y me dijo que una dieta de alimentos disociados. Y le dije: "Pues te has quedado en el figurín". Luego le pregunté quién es esa misteriosa mujer de la cultura que va a ir en el número dos de la lista del PSOE. Sobre todo, Carmen -le dije-, si soy yo, quiero saberlo para irme preparando. Estoy como Carmen Sevilla, que dice que no sabe si va a sustituir a Parada o no, y dice que aunque, palabrita del niño Jesús, nadie de la tele ha hablado todavía con ella en persona humana, no le haría ascos si se diera la circunstancia. A mí lo que me hace gracia es que hablen tanto del presentador, y nadie hable de que la televisión pública podría mandar a mejor vida esas películas de la caspa franquista y poner un cine español un poquito más digerible. Lo kitsch, amigos míos, tiene un límite.

Cuando Marcia, la barrendera, y yo, llegamos a la altura de la Huevera de Moneo, me despedí de ella y me compré tres porras humeantes. Para llevar la dieta disociada de la Alborch hay que servir, como para la política. Por cierto, estábamos la valenciana y yo hablando de dietas y se acercó una anciana y le dijo: "Carmen, guapa, con lo inteligente que tú eres, ¿por qué no te haces del PP?". "Ay, señora", dijo Carmen, "ya me pilla muy mayor para reciclarme". Lo mismo pensaba yo cuando volví a casa. Me quité el abrigo, me desnudé y me metí en la cama otra vez con mi santo. Él se agarró a mi cintura como si yo nunca me hubiera ido. "Hijo", le dije, "me voy una noche a hacer la calle y ni te enteras". Y va el tío y me echa la pierna por encima. Qué fuerte, tía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de diciembre de 2003