El príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, ha visitado Oviedo una veintena de veces, pero jamás pudo mezclarse entre la gente y sumarse, como un anónimo ciudadano más, a la corriente humana de los carbayones que pasean por delectación, caminan aprisa cuando van de compras o vuelven de clase, se entretienen en los escaparates, toman sidras en los chigres, se solazan viendo las ardillas y los pavos reales en el Campo San Francisco y quedan citados en las cafeterías de moda. El Oviedo cotidiano, Felipe de Borbón lo entrevió, ya desde niño, desde los cristales tintados del coche que le llevaba de uno a otro acto oficial en sus anuales visitas otoñales a la capital del Principado del que es titular. Por eso, el mejor regalo de su 36º cumpleaños, que celebró el viernes en Covadonga, fue la escapada que le había preparado su novia, la ovetense Letizia Ortiz. Ambos, cogidos de la mano o enlazados por la cintura, se mezclaron esa misma tarde entre los ovetenses y recorrieron a pie, solos, salvo un discreto y apenas perceptible dispositivo de seguridad, buena parte del casco urbano de la capital asturiana. La pareja deambuló por la zona comercial, el parque, el conjunto histórico y monumental; la vieja Vetusta que recreó Clarín en La Regenta; el castizo barrio de El Fontán, que inspiró a Pérez de Ayala Tigre Juan, y "las calles estrechas y empinadas" por las que "corre un sueño de siglos", que retrató Dolores Medio en Nosotros, los Rivero. Se detuvieron en fachadas y edificios señeros que delatan el acervo arquitectónico acumulado por una ciudad que a su origen monacal y medieval sumó la condición de capital de un reino, lugar de peregrinación jacobea, urbe con abolengo, sede universitaria y más tarde ciudad burguesa. Y terminaron el periplo en la zona alta de la capital, donde Letizia le mostró el instituto donde comenzó el bachiller, el piso que compartió en la infancia con sus abuelos y el colegio público en el que cursó la enseñanza primaria. Por la noche repitieron paseo hasta la catedral, en uno de cuyos aledaños cenaron en un restaurante de la zona vieja, que a esa hora estaba lleno a rebosar. La pareja degustó salteado de Boletos edulis y pulpo, ensalada de pixin (rape) y langostinos, mero con verduras, escalopines rellenos de requesón y frixuelos (los clásicos crêpes asturianos) rellenos de compota de manzana. El sábado comieron por segunda vez -la primera fue el 20 de diciembre- en la casa de los abuelos paternos de Letizia, en Sardeu (Ribadesella), pero antes la novia del Príncipe le mostró a Felipe de Borbón el puerto de Ribadesella y la playa de Santa Marina, jalonada de suntuosos palacetes primiseculares, en plena costa del Jurásico, donde transcurrieron los veraneos de infancia y adolescencia de la futura Princesa de Asturias. Don Felipe declaró a los periodistas que el fin de semana le había resultado "emocionante".-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004