Confieso que tengo simpatía por Josep Lluís Carod Rovira. Representa una entrada de aire fresco en la política catalana, encerrada demasiado tiempo en un establishment que, por el momento, ya no podía dar más de sí. Por eso defendí que la participación de Esquerra en un gobierno con los socialistas y antiguos comunistas era una solución novedosa y sofisticada, como requieren los tiempos actuales, y no representaba ningún peligro de aventurerismo para la vida política catalana y española.
Quizá por esto me he quedado, como muchísimos ciudadanos de este país, perplejo por su iniciativa de reunirse, en el momento en que ostentaba la condición de conseller en cap, con ETA. Pero a estas alturas de la historia, lo que me interesa no es convertirme en juez de esa decisión, sino comprender las motivaciones que la han movido. Quizá con la vaga y vana presunción de que al entender esas motivaciones, podemos contribuir a disminuir sus efectos.
¿Es posible que Carod Rovira no hubiese previsto y calculado todas las consecuencias de su decisión? Así lo creo. Pero a muchas personas con las que he hablado estos días les cuesta admitir esta posibilidad. Consideran que necesariamente habrá actuado como un jugador de ajedrez, que cuando mueve pieza es porque ha anticipado cuál va a ser la reacción del contrincante y ha previsto cuáles van a ser sus propios movimientos siguientes.
Habría que admitir entonces que Carod Rovira era consciente del riesgo de quiebra del nuevo Gobierno catalán, y que sabía que sus rivales políticos intentarían aprovechar esa decisión para buscar réditos políticos en las próximas elecciones, debilitar a Pasqual Maragall y a José Luis Rodríguez Zapatero, y poner en cuestión la propia continuidad del Ejecutivo catalán. Y lo que es quizá más importante, sabría que su decisión iba a frustrar las ilusiones y expectativas de muchas personas que han visto en el tripartito una fórmula ilusionadora, que si acaba funcionando bien en Cataluña, podría ensayarse en otros lugares de España. Habría que admitir que también había previsto su salida del Gobierno para presentarse a las elecciones generales, dando una nueva vuelta de tuerca a la vida española, en su intento por resolver la cuestión vasca y sacar de la vida política al PP. La verdad, me cuesta admitir esa visión tan racional y maquiavélica. A falta de mejores evidencias, la expresión de su rostro cuando salió ante las cámaras de televisión a dar explicaciones de su conducta era todo un poema que echa por tierra esta interpretación.
Pero, entonces, ¿cómo explicar las motivaciones que le llevaron a emprender esa acción tan polémica? Como en casi todas las cuestiones de la vida, es mejor utilizar hipótesis más sencillas para comprender el comportamiento humano. Carod se equivocó porque actuó bajo los efectos efervescentes del éxito extraordinario que obtuvo en las elecciones catalanas; ebrio de éxito, se dejó llevar por su ego, que no es precisamente liliputiense. Es conocido por los psicólogos que cuando nos domina la embriaguez del éxito, el ego nos lleva a actuar bajo el principio de esto lo arreglo yo, sea cual sea la naturaleza del problema y las fuerzas y herramientas que están en nuestra mano. Como bien dice el refrán, el riesgo entonces es "morir de éxito", arrastrando a los que te acompañan.
En cierto modo este riesgo era previsible. En un artículo publicado en este mismo diario (Esquerra Republicana, los empresarios y el síndrome de Peter Pan, 28-11-2003) señalaba la posibilidad de que a los líderes de ERC les sucediese lo que al personaje de la novela de James M. Barrie, que se negó a crecer y a asumir las responsabilidades propias de los mayores. Apuntaba también al riesgo al que estaba sometido el propio Carod Rovira, y en el que cayó ya en la noche electoral, cuando en plena borrachera de votos y ante las cámaras amenazó con: "Que nos oigan en Madrid". Posiblemente fuera un desahogo, pero era algo que a partir de aquel momento tenía que controlar. A la vista de lo ocurrido ahora, no iba yo muy descaminado. Aunque en ocasiones como ésta, acertar un pronóstico o anticipar una conducta produce más amargura que cualquier otro sentimiento.
¿Y ahora qué? El riesgo para el líder de Esquerra sigue siendo el de permanecer bajo los efectos de los mismos impulsos que le llevaron a Francia. Pretendiendo ser más sagaz que sus rivales (en una nueva versión del ahora te vas a enterar), ha iniciado una fuga hacia delante para convertir las próximas elecciones generales en un plebiscito sobre su persona. Pero introducir ese tema en el debate electoral sería un nuevo error, al margen de cuáles sean los réditos electorales de esa estrategia. Los científicos sociales y de la conducta humana nos han advertido contra las consecuencias no queridas o deseadas de nuestras acciones, en particular de las acciones públicas. Es algo que debe tener en cuenta Carod Rovira, porque, sin quererlo, esa estrategia puede conseguir lo que quiso evitar con su decisión de formar gobierno con los socialistas y no con CiU: vascalizar la vida política catalana y dividir la sociedad en nacionalistas y no nacionalistas.
Dice la sabiduría popular que no hay mal que por bien no venga. Si Esquerra sabe pararse a reflexionar y se hace mayor, la situación de salida podría ser mejor que la del principio. El presidente Pasqual Maragall podría recuperar un papel más decisivo dentro del Gobierno, y Esquerra comprender cuáles son sus límites, de acuerdo con su fuerza electoral real. De esa forma se podrían dedicar todas las energías y capacidades del tripartito a afrontar lo que son sus responsabilidades propias, como es la falta de productividad de la economía catalana y la deslocalización de empresas, que comprometen el bienestar y el futuro de todos los ciudadanos de Cataluña.
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Antón Costas es catedrático de Política Económica de la UB
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 2004